EL. MILAGRO ECONÓMICO NACIONALSOCIALISTA

A su llegada al poder en 1933, Hitler se encuentra con una Alemania endeudada hasta las cejas y quebrada económicamente, muy afectada por las repercusiones del crack bursátil de 1929, a la que en un tiempo récord y ante los ojos incrédulos del mundo va a resucitar de manera cuasi milagrosa.

¿Cómo ello fue posible en un país reducido territorial y poblacionalmente tras el “diktat” de Versalles, sin grandes reservas energéticas de gas y petróleo, sin colonias de ultramar ni apenas reservas de oro y plata?

En primer lugar, el flamante nuevo Canciller se va a negar a reconocer la desorbitada deuda alemana, que en gran parte (como ahora, por cierto) era irreal; y en segundo, para contrarrestar la escasez aurífera del III Reich, va a sustituir el patrón oro por el patrón trabajo (téngase en cuenta que la economía entonces pivotaba sobre el sacrosanto valor oro, al igual que hoy lo hace sobre el no menos intocable valor dólar).

Ni que decir tiene que los economistas más ortodoxos auguraban un desastre sin precedentes ante estas dos medidas juzgadas descabelladas, pero los espectaculares resultados del Primer Plan Cuatrienal echarían por tierra los peores augurios: el desempleo galopante heredado de la República de Weimar sería casi eliminado (y hablamos de 6.136.000 parados, que se dice pronto) con ambiciosos programas de bienes de servicios y obras públicas (no de armamento), entre los que figuraban la construcción de viviendas populares (en número de 701.512, con alquileres no mayores de la quinta parte de los ingresos del inquilino) o de nuevas carreteras (unos 3.065 kilómetros).

Tal fue el éxito que el Segundo Plan Cuatrienal ya iría directamente enfocado a independizar a Alemania en materia energética por medio de innovadores programas, caso de la introducción del vidrio para fabricar tuberías y material aislante, la reutilización del aceite usado, la transformación de patatas en almidones, jarabes y azúcares, etc.

¿El secreto? En realidad la fórmula emprendida por las autoridades nacionalsocialistas no era ni mucho menos mágica, antes bien, era muy sencilla, ocurre que sonaba demasiado simple dentro de la jerigonza intrínseca a la pseudociencia económica: Alemania empezó a fabricar su propio dinero, es decir, que dejó de pedirlo prestado a las entidades financieras privadas como de hecho hacian todos los demás países, incluida la Unión Soviética.

Dicho monopolio estatal de capitales (compensado, si se terciaba, con aumentos en la producción) es lo que explica, por ejemplo, que los precios se mantuviesen prácticamente fijos entre 1933 y 1945, período en el que los salarios germanos subirían un 11%.

Esta política económica va a propiciar invertir los dividendos mayores del 6% en empréstitos estatales, aumentar las subvenciones a empresas de producción de bienes esenciales e, incluso, aplicar el trueque en las operaciones comerciales internacionales.

Ciertamente, este proyecto (donde capital y trabajo iban a la par, rechazándose el lucro y la lucha de clases) no conllevaba la desarticulación total del modelo capitalista ni tampoco la de sus oligarquías (ahí seguirían los Krupp o los Thyssen), pero sí supuso un designio ilusionante para la inmensa mayoría de un pueblo unido no en torno a los valores materiales sino en torno a los valores más sanos de la nación, un pueblo agupado en organizaciones tipo el “Frente Aleman del Trabajo”, “Belleza y Trabajo” o “Servicio de Trabajo”.

A la postre, semejante proyecto (donde el capital existía para la economía y ésta para el conjunto del pueblo, no al revés) va a constituir un aldabonazo para los oscuros detentadores del Sistema, a quienes su usurero proceder dejaba al descubierto, razón principal por la que a partir de un momento determinado todos sus desvelos se dirigirán a destruirlo.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS

 

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