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MUJERES

 

Mujeres como nosotras, sin jefaturas, ni ministerios, sin secretarías ni cátedras (aunque desde ellos usurpen nuestro nombre para ejercer el poder, la coerción, la censura) nos declaramos en abierta rebeldía. ¿Quién les dijo que podían hablar en nuestro nombre?

Tenemos voz propia y decidimos no alimentar trincheras en esa guerra de sexos que no es nuestra guerra ¿Quién la declaró? ¿Quién señaló a nuestros maridos, a nuestros hermanos, a nuestros hijos, como enemigos a abatir? No fuimos nosotras, no. Esa guerra no es nuestra, ni lo será, no lograrán que lo sea por más argucias que empleen.

Los despachos del poder están nutridos de seres hueros, de almas negras, con sus repletas agendas de planificadas destrucciones, ellos sí, declaran las guerras. Hay mujeres que no aman, es una triste realidad, no se aman a sí mismas y no pueden amar tampoco, se convierten de ese modo en cómplices, en cooperantes necesarias. A quienes están imposibilitados para el amor no los mueve el odio, como dicen, sino el deseo de dominación.

Pero no los doblegarán, ni a ellos, nuestros hombres, ni a nosotras. Nos declaramos en abierta insumisión frente a la maquinaria arrolladora del reclutamiento. No conseguirán que pongamos balas donde ayer se posaron nuestros besos. Donde aún hoy deseamos con ternura, con ardor, que esos besos abran un camino en el fuego cruzado.

No parimos hijos varones para ser objeto de escarnio ni somos mujeres guiadas por el resentimiento, nos mueve la dignidad en nuestras vidas, no necesitamos pases de favor en ninguna carrera, nos valemos por nosotras mismas. ¡Cómanse las tutelas! Las leyes «de paridad», las listas «cremallera», las desiguales condenas ante unos mismos delitos, los subsidios por denuncias, la prevalencia de palabra para mujer y la obligatoria demostración de inocencia para hombre. ¡Cómanselas todas juntas! ¡No las queremos! ¡Nunca las pedimos!

Mujeres como nosotras no necesitamos tutelas, somos adultas, somos autónomas, confiamos en nosotras mismas, no necesitamos arrebatarles la luz a nadie para brillar. Miserables sois quienes trepáis al poder sembrando cadáveres. ¡Maldecimos vuestra espesa sombra que no brilla con mil soles de inocentes! Algún día caerán sobre vuestras cabezas descoronadas las injusticias que habéis perpetrado.

Ese día llegará traído por nuestras dignas manos encallecidas por el trabajo, en un lecho de frescos lienzos gozaremos con nuestros hombres y en ellos pariremos hijos e hijas libres e iguales.

Sánchez Giráldez

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