NUMANCIA, GLORIA DE HISPANIA

Durante las Guerras Celtíberas, la ciudad de Segeda (El Poyo de Mara, Zaragoza) decidió ampliar su muralla y comenzó la construcción de una nueva de 8 km.
Los romanos ocupaban España y consideraron esto como un desafío, ya que esa acción no respetaba el Tratado de paz de Graco. El Senado Romano envió a Hispania un ejército de 30.000 hombres y los segenenses, que no habían terminado la muralla, huyeron a refugiarse a Numancia.

Varios generales romanos intentaron la toma de Numancia:
— FULVIO NOBILIOR, que fue atacado y vencido por el jefe celtíbero Caros el 23 de agosto de 153 a.C. (desde entonces ese día fue declarado por los romanos “nefasto” y después de aquello ningún general romano libró batalla un 23 de agosto).
— CLAUDIO MARCELO que sucedió a Nobilior un año más tarde. El general se dirigió a Numancia acampando en el Cerro del Castillejo, a 1 km. de la ciudad. Antes de iniciarse la batalla, el jefe de los numantinos, Litenon, llegó a un acuerdo con Marcelo por el que los celtíberos tuvieron que pagar una indemnización de 600 talentos de plata. Este Tratado fue ratificado por el Senado romano, y duró desde el 151 al 143 a.C
— CECILIO METELO llegó en el año 143 a. C. para reprimir un nuevo levantamiento de los pueblos del interior de Hispania. Metelo, empleó la vieja táctica de dejar aislada la Celtiberia Ulterior, para impedir los suministros a los celtíberos, que se hicieron fuertes en las ciudades de Termancia y Numancia.
— POMPEYO fue nombrado responsable romano en 142 a.C y con 30.000 legionarios y 2.000 jinetes, se dirigió a Numancia y fue derrotado por los numantinos. En un segundo intento pretendió cercarla mediante una zanja que uniera los ríos Merdancho y Duero, pero los insistentes ataques numantinos a las fuerzas romanas impidieron lograr el cerco a la ciudad y los romanos aceptaron un Tratado de paz a propuesta de los numantinos.
— POPILIO LENAS fue el nuevo general nombrado por Roma y, con el pretexto de su llegada, Pompeyo negó el Tratado y remitió el asunto al Senado de Roma. El Senado dio la razón a Pompeyo y se rompió la paz, dando la orden de reanudar la guerra.
Fue la tercera vez que un general romano faltaba a su palabra y la segunda que el Senado recusaba un Tratado pactado por un general.
–HOSTILIO MANCINO fue el general que ocasionó al ejército romano, en 137 a.C., uno de los mayores ultrajes de su historia. Tras sucesivas derrotas ante Numancia, Mancino se retiró al valle del Ebro; pero en su huida fue emboscado por numantinos en un desfiladero, sufriendo una fuerte derrota, y el general, a pesar de disponer de 20.000 soldados romanos frente a 4.000 numantinos, tomó la decisión de rendirse y salvar la vida. Los numantinos, respetaron su vida y aceptaron nuevamente negociar la paz, permitiendo la salida del ejército romano.
Mancino fue llamado a Roma para explicar su capitulación. Nuevamente el Senado romano no consideró válido el Tratado firmado, y decidió entregar el general rendido a los numantinos.
— FURIO FILO, fue el general designado en 136 a. C. para entregar a Mancino a los numantinos. Mancino, vestido con una simple túnica y atadas las manos, fue dejado ante las murallas de Numancia. Los numantinos se negaron a aceptarlo y fue devuelto al campamento y enviado a Roma.
–CALPURNIO PISON, en el 135 a.C. y M. EMILIO LÉPIDO, fueron los siguientes generales enviados por Roma, pero ambos evitaron combatir contra Numancia.

En Roma no se entendía que un grupo de vulgares celtíberos estuvieran desafiando al poder omnímodo de Roma. Las legiones romanas no estaban acostumbradas a tantas derrotas en Hispania.
Si caía Numancia, quedaría Hispania completamente bajo el poder de la administración de Roma. Los romanos se proveían de inmensas cantidades de oro, plata y sal procedente de Hispania; y su conquista, suponía no solamente una cuestión de orgullo para el Imperio Romano, sino también un inmenso negocio que contribuía significativamente a llenar las sedientas arcas de la República Romana. Ello obligaba a someter rápidamente a Numancia sin ninguna contemplación, por lo que el Senado romano decidió enviar a un general de prestigio:
–PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN (el Africano Menor), que encabezaba un grupo muy belicista y había alcanzado el más alto prestigio con la destrucción de Cartago.
Escipión reunió a una guardia personal de 4.000 efectivos, todos ellos convencidos de que encontrarían la gloria del triunfo o la muerte honrosa. Entre legiones desplegadas en España, aliados y soldados enviados por reyes de Asia, Escipión contaba con 50.000 hombres. La guerra que iba a plantear consistía en el asedio y el cerco de Numancia. Pretendía someter a los numantinos, no por el combate, sino por el agotamiento, el hambre, la sed y que las enfermedades hicieran el trabajo de sus legionarios. De esta forma evitaría el cuerpo a cuerpo de las emboscadas y la lucha de guerrillas en la que los hispanos eran invencibles. Pero, los habitantes de estas tierras, estaban acostumbrados a los asedios y sabían cómo combatirlos.

Cuando Escipión estaba cerca de Numancia, llegaron tropas númidas africanas apoyadas por 12 enormes elefantes, enviadas por Micipsa, aliado de Escipión en la toma de Cartago.
A primeros de septiembre la expedición llegó a las inmediaciones de Numancia, habían empleado 3 meses. La ciudad no aparentaba nada especial, cualquier otro general hubiera ordenado tomar la ciudad al asalto, pero ya habían fracasado en el intento de la toma de Numancia varios generales y las razones no podían explicarse por los muros que la rodeaban. La causa de los fracasos había que encontrarla dentro de la ciudad y no en sus murallas, los numantinos eran hombres y mujeres dispuestos a morir por su libertad.

Tras 20 años repeliendo los continuos e insistentes ataques romanos, Escipión tenía la misión de destruir Numancia. Lo primero que hizo fue construir 2 campamentos, uno al norte y otro al sur de la ciudad, y desde allí dirigir la construcción de un cerco de 9 kilómetros apoyado por torres, fosos, empalizadas, etc.
El cerco se consiguió mediante 7 campamentos localizados en los cerros que rodean Numancia, que se unieron por medio de un vallado precedido de un foso profundo y una empalizada… todo estaba dispuesto para el bloqueo de la ciudad.

Los numantinos entendieron que estaban condenados a morir de hambre si no hacían algo. Los valientes soldados numantinos decidieron actuar, tenían que cruzar las líneas y lograr salir al exterior. Al amanecer iniciaron una acción arriesgada, 2.000 numantinos saltaron el muro y atacaron a los romanos, pero estos contraatacaron con la caballería.
Después del intento fallido, el Consejo numantino se reunió para decidir otra opción. El valiente guerrero Retógenes expuso su propuesta: salir de la ciudad con otros 5 numantinos para pedir ayuda a los aliados más cercanos. El plan era, mediante una acción conjunta, atacar a las tropas romanas desde la retaguardia y simultáneamente los numantinos saldrían desde la ciudad para cargar también contra las fuerzas romanas. El Consejo aprobó la propuesta y los 6 valientes se dispusieron a ejecutar el arriesgado plan. Retógenes y su grupo se presentaron en varios pueblos implorando ayuda; pero, fueron una y otra vez expulsados de sus territorios por miedo a las represalias de Escipión, nadie se quería arriesgar a provocar su ira. Los numantinos, ante la imposibilidad de reclutar a un solo soldado, decidieron retornar a su ciudad y asumir su final junto a su pueblo.

La situación de la ciudad ya era crítica. Los graneros estaban completamente vacíos. La falta de higiene y de alimento provocó la aparición de epidemias. Se reunió el Consejo y acordó enviar emisarios a negociar con Escipión una salida digna para Numancia, pero Escipión se negó y les dijo que Roma solo aceptaría una rendición incondicional.

La desesperación total llegó en el verano del año 133 a. C. cuando los numantinos llegaron a comerse la carne de los muertos y decidieron hacer una carga suicida contra los romanos. Preferían morir luchando que una lenta agonía. El Consejo reunió en la Plaza Mayor a todos los hombres en condiciones físicas para el combate y les dijo que se dispusieran para la realización de ataque heroico contra el enemigo, que sin duda les iba a llevar al sacrificio final. Todos se dispusieron con sus armas para la valiente acción.
Abrieron las puertas de la ciudad y cargaron en masa contra los romanos, los numantinos fueron recibidos por una nube de flechas disparadas desde las torres de vigilancia y la mortal descarga de las temibles lanzas de 2 metros. El revés fue tremendo y las tropas numantinas tuvieron de retroceder y volver a la ciudad.

Después de 15 meses de asedio, los numantinos desesperados y viéndose derrotados, incendiaron la ciudad para que no cayera en manos de los romanos y lucharon entre ellos mismos con espadas para matarse los unos a los otros. Todo aquello que pudiera servir a los romanos o a la gloria de Escipión fue arrojado a las hogueras numantinas.
Ante la posibilidad de acabar siendo esclavos de los romanos, los numantinos prefirieron acabar con sus mujeres e hijos, terminar con la vida de sus seres queridos, antes que entregarles a los romanos.

Los legionarios al entrar en la ciudad contemplaron un espectáculo dantesco. Toda la ciudad estaba en llamas.
Escipión no pudo saquear la ciudad, no existía nada que pudiera apropiarse como botín de guerra. Volvió a Roma lleno de fama pero vacío de tesoro.

“Triumphus fuit tantum de nomine” (el triunfo sólo fue de nombre). Floro

Numancia, aunque inferior en riquezas a Cartago, Capua y Corinto, respecto a valor y distinción fue igual a todas y, fue la mayor gloria de Hispania. Esta ciudad, sin murallas ni fortificaciones y situada en una prominencia en las inmediaciones de un río, con una guarnición de 4.000 celtíberos sostuvo ella sola el ataque de un ejército de 40.000 hombres durante 11 años, y no sólo eso sino que también logró rechazarlos fuertemente en diversas ocasiones y les hizo formar vergonzosos tratados. Finalmente, puesto que se trataba de una ciudad que no podía ser conquistada, se vieron obligados a llamar al general Escipión, que había destruido Cartago”. (Tito Livio, XXIX)

ROSA M. CASTRO

 

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