ONODA: 10.000 NOCHES EN LA JUNGLA

La 74 edición de Cannes muestra la película “Onoda: 10.000 noches en la jungla. A diferencia de las abundantes porquerías con que nos obsequia la industria cinematográfica moderna, tendente a propagar antivalores y decadencia, en este caso se trata de un canto al Honor.

Reconstruye una historia real que retrata la increíble vida de Hiroo Onoda, el último soldado japonés de la IIGM que se rindió… en 1974.

Aunque pueda parecer mentira, casi treinta años después del fin del conflicto bélico seguía existiendo un soldado japonés oculto en plena jungla que seguía luchando por el honor de su país, creyendo que sus superiores irían a buscarle allá donde quedó oculto en el lugar en el que estaba destinado cuando comenzó la guerra. Esta es la increíble historia de Hiroo Onoda.

Nacido en Kamegawa el 19 de marzo de 1922, Onoda comenzó a trabajar con solo 17 años como obrero en la China ocupada por el ejército imperial, pero solo tres años después iba a cambiar su vida diametralmente. Con solo 20 años, tras conocer que Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial, Hiroo Onoda no dudó en alistarse en el ejército. Tras dos años de entrenamiento, fue enviado en 1944 a la isla filipina del Lubang. Allí comenzó su misión en el conflicto bélico, pero lo que no sabía es que realmente iba a vivir toda una vida escondido en plena jungla por una cuestión de honor y de respeto hacia su país.

Cuando llegó a Filipinas, la misión principal que Onoda recibió fue tratar de destruir todas las instalaciones y comunicaciones tanto marítimas como aéreas de la isla de Lubang. Durante varios meses, ese fue su cometido principal hasta que, repentinamente, sus superiores cambiaron las órdenes: ya no había que debilitar al enemigo, el objetivo principal no era otro más que preparar la evacuación de todas las tropas japonesas de la isla. Sería en febrero de 1945 cuando los norteamericanos llegaron a Filipinas, momento en el que se acabó con la resistencia de las tropas niponas: los que no se habían marchado, fueron detenidos por EEUU.

Sin embargo, Onoda recibió una extraña orden: el mayor Yoshimi Taniguchi, jefe de este lugarteniente, le ordenó que se escondiera en la isla y que siguiera luchando hasta el final de su vida, prometiéndole que en algún momento volverían para rescatarlo. Dicho y hecho, Onoda se escondió en la jungla con otros tres soldados japoneses, cuyo objetivo principal pasó a ser hacer pequeños actos de sabotaje. Así, aunque la Segunda Guerra Mundial acabó oficialmente en septiembre de 1945, un pequeño grupo de cuatro soldados continuaban luchando por Japón escondidos en Filipinas.

Y Japón, consciente de que contaba con numerosos grupos de soldados como el de Onoda repartidos por diversos puntos del planeta, comenzó una campaña de comunicación para hacer saber a sus soldados que había terminado la guerra. Onoda recibió la noticia, pero no se la creyó, pensando que se trataba de propaganda norteamericana para acelerar su rendición. Por esa razón, siguieron robando alimentos, saboteando puntos estratégicos y eliminando enemigos. Se calcula que el grupo de Onoda acabó con la vida de unos 35 aldeanos.

Sería en el año 1950 cuando uno de los tres soldados a las órdenes de Onoda decidió huir de su grupo y entregarse a las fuerzas filipinas, creyendo que efectivamente había acabado la contienda. Tras dar a conocer la existencia de su grupo, los soldados filipinos no dudaron en buscar a los otros tres refugiados, y no sería hasta 1954 cuando conseguirían abatir a otro de los miembros de este comando. Increíblemente, sería en 1972 cuando las fuerzas armadas consiguieron también acabar con la vida del tercero de los soldados, quedando solo vivo Onoda, oculto en la jungla.

En 1974, un japonés llamado Norio Suzuki, amante de este tipo de historias, decidió emprender un viaje hacia Filipinas para tratar de descubrir si Onoda existía o no y no solo lo descubrió, sino que fue capaz de encontrarle. Tras comunicarle que la Segunda Guerra Mundial había acabado casi 30 años antes, el soldado nipón se negó a abandonar el lugar hasta que su superior diera la orden. Por esa razón, Suzuki tuvo que volver a Japón en busca del mayor Taniguchi, a quien llevó a Filipinas para dar la orden: ‘Soldado, deponga las armas, la guerra ha terminado’.

Tres décadas después, Onoda regresaba a Japón, donde comprobó con estupor que aquel país que había dejado en 1939 había cambiado por completo: rascacielos, vehículos, tecnología, calles abarrotadas… Su país había perdido los tradicionales valores y había pasado a ser más materialista, algo que no fue capaz de asimilar. Esta situación le llevó a decidir irse a vivir a Brasil, donde estuvo trabajando durante unos años como granjero e incluso llegó a casarse. Solo unos años después, decidió volver a intentar iniciar una vida en su país.

De vuelta en Japón, decidió sacar provecho de su vivencia durante la Segunda Guerra Mundial. Así, en primer lugar, creó una escuela de supervivencia enfocada hacia los más jóvenes, donde les enseñó todo tipo de técnicas que él utilizó durante más de tres décadas para sobrevivir en los lugares más peligrosos y solitarios del mundo; poco después, decidió escribir una autobiografía llamada ‘Sin rendición: mi guerra de 30 años’, en la que contaba su experiencia vital; e incluso llegó a inspirar una película llamada ‘El último soldado imperial’. En 2014, con 91 años, fallecía Onoda, el soldado japonés que se rindió 30 años después de que lo hiciera su país.

LUIS M.

 

 

Fuentes: Cineuropa, El Confidencial

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