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OTRA FRANCIA

 

Tengo el orgullo de descender de los primeros españoles que derrotaron a Napoleón. Me encanta recordar batallas como Pavía o San Quintín. Me repugnan aquellas tiorras (hoy serían femen o podemeras) que, durante la Revolución Francesa, se deleitaban en el morbo sangriento de las decapitaciones y hacían ganchillo junto a la guillotina.
Siempre me ha parecido repugnante la intervención de aquellos Cien Mil Hijos de San Luis y de la Gran Puta que vinieron desde Francia a apuntalar la tiranía de Fernando VII.

Cuando alguien me hablaba de Francia no podía evitar asociar el vocablo a cabronazos como Giscard d’Estaing o Miterrand, grados 33 de la francabronería, que acogían amorosamente a las bestias etarras y que siempre estaban dispuestos a hacernos la puñeta.
Esa Francia masónica, liberal y profundamente antiespañola me hurtó la visión de la otra Francia, la Francia patriota y culta que, junto a Pétain, supo vislumbrar el sueño de una Europa más grande y más justa. La Francia heroica de la División Charlemagne, de Dien Bien Phu, de la OAS o del GUD, aquella cuadrilla de estudiantes rebeldes y valerosos en la que nació nuestra querida mascota, la Rata Negra.
Conocer esa otra Francia me hizo abandonar algunos prejuicios y considerar desde otra perspectiva algunos acontecimientos históricos.
Aunque la guillotina siempre me ha dado bastante grima, hay que reconocer su eficacia terapeútica contra enfermedades como el clericalismo metomentodo o la peste borbónica. Si el siniestro artefacto se hubiera empleado en su momento contra los felones antepasados de ineptos y campechanos peones del NOM, quizá nos hubiera ido mejor, quién sabe.

Hoy, cuando los descendientes de esa Francia digna y valiente son perseguidos como nosotros por los fanáticos inquisidores de la corrección política y por los sanedrines que patrocinan multiculturalismos genocidas, la comprensión se torna en simpatía por los camaradas que, desde el otro lado de los Pirineos, luchan por Europa.

Los que combaten para que París deje de ser el barrio marginal de una ciudad africana son hermanos de los que no queremos que el Barrio de Lavapiés sea un emirato yihadista o el Barrio de Tetuán un “cártel” de bandas amerindias.
Ambos somos enemigos de esa progresía globalizadora que, al traer el Tercer Mundo a Europa, está convirtiendo Europa en una cloaca tercermundista.

J.L. ANTONAYA

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