PABLO EL CLÁSICO

No es la primera vez que traemos a estas páginas el disputado cuarto de libra del líder comunista, sí es novedad en cambio que lo hagamos en legítimo ejercicio de su defensa. Y es que nos hemos vuelto buenos chicos, sobre todo cuando de defender el Landismo íbero se trata.
Y dice así:

Podría argumentarse que se folla todo lo que lleve faldas y caiga a mano, siguiendo el ejemplo de su idolatrado Carlitos Marx. Pero tal alegato dificilmente resultaría sostenible ante un tribunal sin el soporte pericial de un par de refutados sicólogos argentinos. Y andamos un poquito cortos de cash, y más para alardes.
En cambio, si nuestra defensa se basara en la irreprimible genética del macho español… amigos: aquí la cosa cambia.

Era en la época gloriosa del Liceu, de los Rus, los Sadurní, los Trías… el relato podría ser de Rododera, Espriu, Pla o Agustí… o puede ser incluso que se lo oyéramos a algún acomodador ya jubilado, el pobre.
Lo cierto es que alborando el siglo pasado era costumbre entre la alta burguesía catalana tener palco en el teatro para la familia y platea para la amante. “¿Cuál es la nuestra?” pregunta la esposa al marido. Éste la señala con el puro habano y fingida discreción. “Molt guapa, y mucho más fina que la de los Codorniu, dónde va a parar”, comenta abanicándose la señora mientras deja reposar sobre su pechuga los binoculares de nácar.
Y así era amigos, la España de la burguesía decadente antes de la decadencia: decente y ordenada.
Luego llegó lo de ponerles un piso y llamarles “la amiga”.

Personalmente, ¿qué quieren que les diga?, el título de “amante” y habitación de hotelito chic los jueves, con champagne y flores me parecía mucho más elegante, pero los tiempos cambian que es una barbaridad y el apartamento se impuso. Cosas de la nueva burguesía, oigan, la que iba a colapsar el siglo.
Pero llegó el XXI (que es el corriente) y el rollo ese del heteropatriarcado que en resumen se describe en el “aquí te pillo, aquí te mato” y joder se convirtió en un asunto de andar por casa, mucho más asequible que una sesión de spining.
El encanto de “la otra” se iba por el retrete pero menos mal que llegó Iglesias, Pablo, que no en vano se apellida como el otro (
el de Miami) y las cosas volvieron a su sitio: las fulanas debidamente recompensadas, y el macho… el macho señalando con el habano la platea desde el cielo de su palco.
Como debe ser, oiga.

Por toda esta contribución a la España de pandereta, Señoría, pedimos la absolución de Pablo.
Y la Medalla del Trabajo.
Porque tamaño desgaste merece ser reconocido.

LARREA   (JUL/20)

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