SON PÁJAROS, NO SON AVIONES

Las flatulencias de los pájaros en el aire distraen todos los días a Cristóbal, el conductor oficial que nos desplaza al trabajo. Esto ha empezando a hacer mella en muchos compañeros. Unos han decido llegar al trabajo por sus propios medios y otros, menos atrevidos, hemos empezamos a contemplar el suicidio como algo dulce y apetecible. De morir que no sea en la carretera, sino en el Camino.

Cristóbal, el chófer, no es un tío muy espabilado, aunque en su casa le tienen en un altar desde que consiguió la plaza en la Octava Convocatoria de Conductores de Corto Recorrido de Vehículos a Tracción Motora Trasera que la Generalitat Valenciana convoca cada dos años, pero ha leído y visto mucho. Es curioso por naturaleza como lo fueron Mozart, Einstein o Fisher y tiene un don para la oratoria boba digno de un Pedro Sánchez o un Casado. Le falta, dice él, la distancia larga, la perspectiva que se adquiere desde el exterior. Él quiere viajar largo, está cansado de los viajes de Corto Recorrido.

Lo que le ha salvado, nos dice siempre, han sido las aficiones. Sus mayores aficiones son la ornitología, las conspiraciones y hablar. Mala mezcla para un conductor de pasajeros, según mi opinión y espero que en breve la de su jefe. Cristóbal quiere entrar, y así lo dice a la mínima oportunidad, en la Enciclopedia de la Ornitología Conspiranóica, noble divertimento al que su padre le aficionó desde niño. Dan miedo Cristóbal y sus conspiraciones, pero a un hombre que cuando le das los buenos días te contesta todo serio “Carpe Diem, commilitas” a diario, se le otorgan ya de entrada unos bonus extra, que en su caso falta le hacen.

Así que cada amanecer y cada atardecer nos alecciona, o adoctrina ya no lo sé, en las oscuras artes de la conspiración y de los pobres pajaritos señalando al cielo. Él conoce de primera mano todos los detalles y el complot urdido contra nosotros y los pájaros. Piensa que son aviones fumigando y todos los días nos cuenta con pelos y señales la terrible conspiración de las chemitrails. Es siempre demasiado pronto o demasiado tarde como para dejarle entrar en detalles, pero entra como un Miura… y nosotros sin banderilleros para aplacarle. Yo pienso en el café de la máquina express de la estación que no debí tomar y mi compañero ronca. Ya me empieza a preocupar tanta flatulencia pajaril, sobre todo porque a ciertas horas del día el silencio, o la conversación en silencio, se hace apreciar y por aquello de la seguridad al volante.

Hoy con la radio encendida, sonando Nino Bravo a toda pastilla, y con medio cuerpo fuera de la ventanilla del autobús para inmortalizar el momento, se ha lanzado a fotografiar, a riesgo de nuestras vidas, los restos flatulentos, intuyo que con excrementos también, de las susodichas aves, aviones, ovnis, o qué sé yo.

Si conduces, no mires arriba. Son los pajaritos que se tiran pedetes.

Atento a la carretera. Cristóbal vigila por todos nosotros.

A. MARTÍN

 

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