PANORAMA POLÍTICO ESPAÑOL (y III): ALGUNAS CONCLUSIONES

De lo escrito estos días atrás se deduce que, quienes piensen (o teman) que las huestes de Pablo Iglesias vayan a llevar a cabo un presunto “asalto del cielo” (antes lo será de las poltronas) a la manera de Lenin o los correligionarios de Santiago Abascal vayan a emprender una hipotética “marcha sobre Madrid” (en todo caso, a los sillones de los numerosos parlamentos esparcidos a lo largo y ancho de nuestra piel de toro) al estilo de la de Mussolini sobre Roma, una de dos: o son más tontos que una mata de habas o viven inmersos en una burbuja de fanatismo y/o sectarismo de tres pares de narices.

A la postre, tanto los morados como los verdes pistacho sólo son disidencia controlada que, taponando la verdadera disidencia en sus extremos, se han incorporado (con el inequívoco visto bueno de los poderes fácticos) al corrompido devenir del ya casi cincuentón Régimen del 78.

Un Régimen del 78 oligárquico, partitocrático y pro globalista en grado sumo el cual, a pesar de sus enormes desajustes, sigue mostrando una proverbial (y lampedusiana) capacidad de supervivencia, mayormente porque (al igual que los comensales atrapados en la mansión del film “El ángel exterminador”) nadie de entre los muchos politicastros (que no estadistas) ahí dentro sabe (y seguramente tampoco quiere: ser casta mola mogollón) salir del mismo.

Eso sí, su presencia en la “demogresca” patria y a falta de presentar ambos partidos proyecto transversal (en el sentido de superador de la cansina dicotomía izquierda/derecha) alguno, está contribuyendo a encizañar todavía más al embrutecido/empobrecido populacho, algo (el “divide y vencerás”) idóneo para que las extractivas amén de apátridas élites (centralistas y periféricas, detentadoras del poder real en España desde los tiempos de la llegada aquí del malhadado liberalismo, en el primer tercio del siglo XIX) continúen con sus planes de acumulación de riqueza, hoy al ciento por ciento concordantes con los de la plutocracia mundialista.

La entrada, pues, de las dos susodichas caras nuevas en la vieja tragicomedia política que -desde sus inicios, siempre idéntica, con la excepción puntual, matices mediante, del largo mandato del general Franco- se viene representando en el teatro demoliberal español a buen seguro distraerá a no pocos espectadores, pero no alterará ni el relato ni el desenlace de aquélla, que es de lo que se trata.

Una tragicomedia política en la que las formaciones o movimientos que apuestan por una AUTÉNTICA alternativa identitaria, nacional, patriota, tradicional y social continuarán representando (al menos a corto plazo, a la espera de su momento, cuando las cosas se deterioren de forma irreversible para lo que queda de clases medias) el poco agradecido papel de outsiders.

CACHÚS

 

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