PAYASOS ASESINOS EN EL VIEJO CIRCO

 

Cuando hace casi cuarenta años, en un País Imaginario, se reinauguró el viejo circo, fue todo un éxito de público, quizá por la novedad.
Si alguno de los prestidigitadores declamaba muy serio aquello de “Nada por aquí, nada por allá y ¡alehop!: somos los representantes de la soberanía nacional”, tras un primer momento de estupor, el público prorrumpía en vítores y aplausos. En el fondo, sabían que era un truco, pero estaba ejecutado de forma tan convincente que daban ganas de creerse que era verdad.

La mayoría de los payasos provenía del antiguo circo, pero habían cambiado tan magistralmente sus caretas que parecían otros.
Los espectáculos con fieras también eran muy aparentes y vistosos. Las viejas hienas asesinas que habían sido expulsadas hacía mucho tiempo, volvieron como inocentes cachorrillos y lamieron las manos del jefe de pista.
El propio jefe de pista era muy popular y parecía un payaso más. Tenía fama de ser muy campechano.
A todo el mundo le pareció bien que se retirase la antigua carpa rojigualda y se sustituyese por un ramillete de banderolas multicolores. Aunque los precios de las entradas comenzaron a subir a nadie le importó al principio.

Era lógico que los payasos, trapecistas y demás personal tuvieran un tren de vida acorde a su categoría. Al fin y al cabo, son los representantes de la soberanía nacional, decían los más enterados aunque, cuando alguien les preguntaba qué era eso, farfullaban alguna frase confusa sobre algo que todos nos hemos dado y la ejemplar transición, o algo así. Lo que había dicho la tele, ya sabes.
Sin embargo, al poco tiempo el interés del público empezó a decaer. Los trapecistas habían echado barriga, los payasos pasaban la mayor parte del día borrachos, los cerdos amaestrados se cagaban por todos partes, sobre todo sobre la arrinconada carpa rojigualda y las hienas habían empezado a matar gente otra vez.

El campechano jefe de pista ideó un número especial para dar la sensación de que se ponía orden en el desbarajuste. Dicen que incluso, en lugar de usar actores como otras veces, engañó a guardias de verdad, los más valientes y honrados que quedaban, para que hiciesen un papel en el mismo. A algunos les costó muy caro creer al jefe de pista ya que, en aras de la verosimilitud, fueron sacrificados después de la farsa.

La cosa se tranquilizó pero ya nada era lo mismo. Se intentó renovar el repertorio con números eróticos. Algunas de las madres de los payasos fueron contratadas para que pusiesen una nota picante ofreciendo sus favores entre el público. Se permitió fumar porros en los entreactos.
Pero el público se había desencantado. El precio de las entradas resultaba muy caro y quedaba demasiado evidente que, tras sus caretas chillonas y sus discursos risibles, los payasos no eran más que sinvergüenzas y vagos decididos a vivir del cuento.

Por eso ahora, cuando trapecistas, magos y equilibristas intercambian sus disfraces, copulan entre ellos y eligen como jefe al más sinvergüenza de todos, a nadie le extraña.
Y cuando empiezan a verse las sierras mecánicas y cuchillos ensangrentados que esgrimen unos payasos que, al final, han resultado ser los hijos de las hienas de antaño, a nadie le importa una mierda.

J.L. Antonaya

 

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