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PAYASOS SINIESTROS

Aunque, gracias a los dioses, mi salud hasta la fecha ha sido razonablemente robusta, me temo que pueda estar desarrollando algún tipo de fobia sobrevenida que me empieza a preocupar.

Los especialistas en la cosa, llaman coulrofobia a la aversión a los payasos. Este servidor de ustedes es de la generación que respondía gritando ”¡Bieeeen!” cuando Gaby, Fofó, Miliki y Fofito nos preguntaban al principio de su programa -también gritando- “¿Cómo están ustedeeees?”. Sin ser un fan incondicional, estos payasos de mi infancia jamás me produjeron ningún tipo de aversión patológica. Aunque Miliki nunca me cayó especialmente bien, en general me reía bastante con ellos y hasta coreaba sus canciones. El problema vino con las siguientes generaciones de payasos. Y no me refiero a los bufones de guardia- Guarromings, Buenafuentes y demás graciosos oficiales- cuando vomitan su resentimiento con pretendidos chistes. Esos sólo hacen gracia a tarados progres como ellos y nunca me han provocado otra cosa que hastío y, a veces, asco.
Al hablar de sucesores de los payasos de la tele, me refiero a aquellos que, en principio, debieran tener más enjundia payasesca y que, sin embargo, cada vez están más lejos de la figura del clown tradicional y más cerca del estereotipo del payaso asesino de las novelas de terror.

Cuando la troupe de Pedro Sánchez se encaramó al poder mediante un birlibirloque parlamentario, muchos esperábamos que, al sustituir al aburridísimo Don Tancredo rajoyano, que basaba su comicidad en su inmovilidad de cobardón y en su pétreo rostro, la cosa se animara.
La composición variopinta de la cuadrilla, con mariquitas, chonis, y hasta algún astronauta entre todo un muestrario de personajes ridículos, constituía una especie de Village People de todo a un euro que creó bastante expectación entre los aficionados al humor de brocha gorda. Y al principio nos hicieron reir con sus medias lenguas y su exhibición de incultura. Desde Fernando Esteso y la Ramona, los paletos siempre han hecho gracia.

El problema es que ese humor grotesco ha ido virando hacia lo zafio y lo siniestro. Tras la máscara circense y los trajes multicolores empiezan a asomar los afilados colmillos y las garras ávidas de sangre de peligrosos sicópatas. El payaso ha dejado de ser un personaje simpático para convertirse en un ente amenazador.
La estupidez de la troupe de Sánchez ha dejado de ser un rasgo risible para convertirse en un ingrediente más de una demencia destructiva.

A lo mejor es cosa mía pero, últimamente, cada vez que por la tele aparece un clown o un ministro- ya son indistinguibles- en lugar de risa, me da repelús.

J.L. ANTONAYA

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