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PAYASOS TERRORÍFICOS

 

Hace tiempo que los autores de historias de terror descubrieron que los viejos monstruos habían dejado de dar miedo. La criatura resucitada por un científico loco, el sombrío vampiro de los Cárpatos, o los diversos subgéneros y encastes de licántropos, a fuer de parodiados, sobreexplotados y dulcificados ad nauseam se habían convertido en caricaturas de sí mismos.
Drácula, el Monstruo de Frankestein o La Momia habían pasado a engrosar el pueril panteón de la cultura popular junto a personajes como Mickey Mouse, el Pato Lucas, el Che Guevara o el Oso Yogui.
Se habían convertido en monigotes para decorar camisetas.

Los guionistas de pelis de terror decidieron entonces darle la vuelta a la tortilla: Si los antaño espeluznantes engendros habían devenido en espantajos risibles y cotidianos, los protagonistas de las historias de horror serían a partir de ese momento personajes inicialmente inofensivos que, por contraste, resultarían mucho más terroríficos cuando el espectador descubriera su condición de entes malignos.
Surgieron así toda suerte de muñecos diabólicos, huerfanitas sádicas, niñeras sicópatas y bebés satánicos. Pero, sin duda, los más grimosos, aterradores y malrrolleros son los payasos asesinos.

Si la figura del clown ya tenía desde siempre un aura sórdida y siniestra, al convertirse en protagonista del horror da más repelús que nunca. Y no es, como pudiera parecer, a causa del grotesco maquillaje. El payaso resulta aterrador no por su inquietante aspecto sino por encarnar el arquetipo de lo extraño y lo imprevisible. Entre el gag burdo y el aspaviento granguiñolesco hay una línea demasiado delgada.
Situaciones que, a priori parecen cómicas o ridículas acaban siendo macabras.

Las patochadas de Carmen Calvo, los disparates de la Carmena, los delirios analfabetos de los podemeros, los eslóganes de las feministas o las malas imitaciones de Mr. Bean que hace Pedro Sánchez en las recepciones palaciegas serían cosas graciosas si no escondieran un trasfondo sectario y sanguinario de chequismo revanchista y demente.

La risotada bobalicona se convierte en mueca horrorizada cuando comprobamos que la tarta que el payaso arroja a la cara de su compañero está rellena de vísceras ensangrentadas.

 

J.L. ANTONAYA

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