EL PCE EN EL PAÍS DE LOS SOVIETS: ENTRE EL SERVILISMO Y LA IGNOMINIA

Tras nuestra contienda civil, de entre el colectivo de republicanos (filocomunistas, obviamente) exiliados en la Unión Soviética existían tres grandes grupos diferenciados: marineros, pilotos y pedagogos; los llamados “niños de la guerra”; y por último los miembros del PCE.

Mientras los segundos fueron establecidos en diferentes orfanatos (caso del de KOKANOD-52) y los primeros pasaron a trabajar en su mayoría en complejos industriales, los terceros ocuparon puestos cómodos amén de bien remunerados en editoriales, comités radiofónicos y agencias de noticias.

Merced a esta discriminación, pronto cundió el descontento entre las filas de los dos primeros, al punto que, hartos de la rígida cotidianidad soviética, comenzaron a expresar sus quejas en voz alta, lo cual desencadenó las primeras (e indignas) acciones de espionaje perpetradas por unos terceros que, ejerciendo de soplones, pagaban así su estatus privilegiado ante las autoridades bolcheviques.

El conflicto interno estaba, pues, servido; sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial dio una tregua al mismo hasta 1946-1947, momento en el que empezó (para disgusto de los secuaces del “Padrecito”) un auténtico peregrinaje a las embajadas extranjeras sitas en Moscú por parte de los españoles considerados “díscolos” en pos de visados.

Ante tal disyuntiva, los dirigentes del PCE allí instalados -los José Uribes, Dolores Ibárruri, Carlos Rebellón, Claudín, De Diego, Vicente Uribe, Santiago Carrillo- no dudaron ni por un segundo en volver a ponerse de parte del inicuo régimen estalinista, dificultando cualquier intento de salida a sus propios compatriotas y camaradas y, llegado el caso, mirando hacia otro lado ante las detenciones, torturas y condenas que sufrieron no pocos de ellos.

Un comportamiento deleznable a la par que miserable, muy propio por otra parte de los seguidistas capitostes del comunismo patrio, capaces incluso de vender a los suyos por conservar un plato en la sangrienta mesa del bolchevismo.

Y es que hablamos de EXACTAMENTE los mismos dirigentes que, desde 1931, habían servido aquí a la Komintern en su campaña de agitación y propaganda subversiva para infiltrarse en los órganos de gobierno de la II República; los mismos que carecieron de escrúpulos para reclutar y/o entrenar a esbirros con los que asesinar a los enemigos de Stalin (véase Ramón Mercader, el homicida de Trotsky); los mismos que ordenaron a los matarifes del SIM erradicar al POUM o liquidar a los líderes anarquistas de Cataluña; los mismos que gestionaron la importación de anticuadas armas rusas cobradas a precio de oro (nunca mejor dicho: las 400 toneladas del Banco de España) por la URSS; los mismos que introdujeron los métodos de tortura y exterminio chekistas que, Paracuellos mediante, acabaron enajenando el apoyo de Francia o Inglaterra a la causa republicana; los mismos que, con el tiempo, le dirían cínicamente al genocida georgiano (cuando su otrora fiel lacayo Nikita Kruschev denunció de manera hipócrita algunos de los muchos crímenes ordenados por aquél) “si te vi, no me acuerdo”; en definitiva, los mismos que hoy los paniaguados intoxicadores de la Memoria Histórica nos quieren hacer pasar por “defensores de la democracia” durante el pasado siglo XX.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

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