PEPESOEROS Y MARRANOS, PRIMOS HERMANOS

 

Dan mucho asco, es cierto. Esa amalgama mugrienta, rencorosa y orgullosa de su vulgaridad que forma la cúpula y la base militante podemita revuelve las tripas a cualquiera.
El rebaño de resentidos, degenerados, revanchistas, vagos, malfolladas y feas que han estrenado poltrona en los ayuntamientos españoles produce una mezcla de repugnancia y vergüenza ajena que, por comparación, hace parecer el colmo del refinamiento y la elegancia espiritual a la más barriobajera de esas tertulias de telebasura en las que se suelen exhibir gritonas putillas semifamosas, periodistas de bragueta y mariquitas chismosos para solaz y entretenimiento de esa masa cretinizada que los cursis llaman “la ciudadanía”.

Lo que pasa es que todavía hay quien no se ha percatado de que la hedionda horda descrita más arriba no es sino el epítome y la previsible caricatura del sistema de dogmas incuestionables consagrado por la corrección política y el pensamiento único de nuestro ejemplar régimen de libertades.
Todas las supersticiones, prejuicios, falacias, cursilerías y soplapolleces que conforman el sacrosanto panteón de valores democráticos son compartidos y asumidos con el mismo entusiasmo por el pepero más cobarde, el pesoero más ladrón y el podemita más sectario.

Sean de traje y corbata o de rasta y legaña, todos proclaman con grandes aspavientos su sumisión ante el multiculturalismo y su alegría ante la invasión inmigrante.

Sean de zapato lustrado o de chancleta y uñas negras, todos hacen grandes esfuerzos para demostrar su simpatía hacia maricas, travelos y demás variantes de sexualidad alternativa.

Sean de traje a medida pagado con Visa oficial o de camiseta pringosa del Che pagada con subvención oenegera, todos farfullan para, con su media lengua de analfabetos cursis, encorsetar el lenguaje en las coletillas y lugares comunes de lo políticamente correcto (jóvenes y jóvenas, vecinos y vecinas, gilipollos y gilipollas).

Sean de pusilánime banderita constitucional o de revanchista trapo tricolor, todos apoyan la división de nuestro territorio en esa escombrera de taifas corruptas llamada Estado de las Autonomías.

Contemplando la farsa monipodesca de nuestra escena política, se llega a la conclusión de que, como decía aquel hermano amargado de don Manuel Machado, hay dos Españas. Pero no las divide la ideología ni la economía como quiere hacernos creer la monserga marxistoide.

Mucho mejor que el triste bardo frentepopulista que murió en Colliure, describe la brecha entre las dos Españas aquel soldado genial que combatió en Lepanto cuando esbozó los dos personajes más perdurables de la literatura universal:
Frente a la España sanchopancesca, democrática, mediocre y paleta que hoy, con corrección o desaliño, detenta el poder político, presentimos una España de Quijotes que, pese a la persecución y la mordaza, sigue empuñando la vieja lanza del Honor y de la Rebeldía, riéndose de los dogmas mojigatos y escupiendo en la cara a los traidores.

J.L. Antonaya

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