PUEBLOS DE EUROPA

 

 

ODA
A los pueblos de Europa

¿Dónde los esforzados?
¿Los libres dónde están? ¿Cómo pudieron
rehusar el combate intimidados?
¡Ay de los miserables que cedieron El
campo sin morir al extranjero! Dadme
la lira, dádmela, que quiero cantar la
Libertad: un Dios me inspira; Guerra y
venganza sonará mi lira;
Y excitando a la lid, al vencimiento
en armoniosos, desusados tonos,
de opresores tormento,
yo los haré temblar
sobre sus tronos.
No el manto reluciente,
por las divinas artes fabricado;
Ni la corona rica de tu frente;
Ni tu cetro de hierro, aunque dorado;
Ni de tus ciencias el acento grave;
Ni de tus dulces musas la suave Voz
armoniosa, plácida y festiva, América te
envidia, Europa altiva. Porque bajo tus
pies se halla un abismo

de servidumbre, lágrimas y horrores.
Y el feroz despotismo,
Áspid mortal, se oculta entre las flores.
¿Qué importa la grandeza
De tus vastos palacios suntuosos?
Plaga devoradora tu nobleza,
miseria general tus poderosos,
¿Y tus Reyes? ¡Europa esclavizada!
Todos tus Reyes, y tus pueblos nada.
Mas tú en el trono reinas dignamente,
Monarca de Albión, tú, que el tridente
riges en la extensión del océano,
tú, que a la liga inicua y tenebrosa
no extendiste la mano.
La noble mano, fuerte y generosa.
Vosotros, que postrados
os visteis a los pies de Bonaparte,
que su carro tirasteis degradados;
De la fe tremolando el estandarte,
Hipócritas marcháis, jefes traidores,
¿Y os llamáis de los pueblos defensores?
Vosotros, que humillabais vuestras frentes
ante el Conquistador, ¿a los valientes
osáis encadenar, a los que os dieron
Libertad y poder? ¿Pero qué digo?
¿Cuándo, cuándo tuvieron
los tiranos piedad, ni fe, ni amigos?
¡Oh, pueblos!, ya lo veo;
Viene del septentrión, y ha superado

la barrera del alto Pirineo:
En una mano el cetro ensangrentado,
en otra lleva la homicida lanza
¡Oh, cuánto es formidable su venganza!
Mas no, que está su cuerpo giganteo
en pies de barro frágil apoyado;
No perdáis la esperanza;
¡Oh, pueblos!, ¡a las armas, a la guerra!
Y caerá por tierra
ese coloso enorme destrozado.
¿Y podrá la ignorancia triunfar de la razón?
Si al mundo todo
con torrentes de luz llenaste, ¡oh, Francia!
¿Cómo te unes al Vándalo y al Godo
que en honda oscuridad y noche umbría
intentan sumergir el mediodía?
Ábranse al ocio muelle los conventos,
eríjanse de nuevo los tormentos
del feroz tribunal, y sus hogueras
siendo la única luz eme alumbre al mundo,
ciencias y artes extingan sus lumbreras;
Sepúltense del hombre los derechos
en olvido profundo,
y quedaréis, tiranos, satisfechos.
¿Qué haces? ¡España, España!
En vez de unirse con estrechos lazos,
tus propios hijos, en su horrible saña,
¿Al enemigo prestarán sus brazos?
¡Oh, ignorancia, execrable fanatismo!
En el sangriento altar del despotismo

La patria de Lanuza y de Padilla,
víctima voluntaria, a la cuchilla.
Extiende la garganta:
¡Oh, mengua, Oh, crimen!
¡Y ante el ídolo atroz de los tiranos
Se prosternan y gimen
los altivos y fieros Castellanos!
¡No!, brote combatientes
el suelo de la antigua Carpentania,
y de Gama los dignos descendientes
¡Vuelvan su honor perdido a Lusitania!
Abrácense los pueblos como hermanos;
Únanse como se unen a los tiranos;
Y regada con sangre generosa,
¡Reverdezca la palma victoriosa
Que ha de orlar a los libres algún día!
Al escuchar sus cánticos triunfales
¡Huya la tiranía,
Desaparezcan sus huestes criminales!
Despierta, Italia, y libre
alza del polvo tu abatida frente,
y en medio de su pueblo, el Dios del Tiber
majestuoso aparezca nuevamente.
¿Cómo te has olvidado de tu gloria?
¡Abre los ojos, mira!, la memoria
de tus héroes, tus ciencias y tus artes,
inmortal se conserva en todas partes.
Muéstrate digna de tan grandes nombres;
Torna otra vez a tu esplendor perdido;
¡Italianos, sed hombres!
¿No veis cómo la Grecia ha renacido?

De su sangrienta cuna
triunfante me parece que la veo
alzarse y destrozar la media luna.
¿Ese canto de guerra es de Tirtéo?
¿Es el mismo Demóstenes quien clama?
¡Alarma, Griegos que la Patria os llama!
Y aquel gallardo joven extranjero que
celebra la lid, ¿es un guerrero? Védlo,
cómo espirante a la sonora Harpa, su
voz sublime acompañando,
¡En favor de la Grecia al cielo implora!
¡Ay!, ¡por la Grecia llora!
Y el cisne de Albión muere cantando.

José Fernández Madrid (1824)

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