¿QUIÉN ES QUIÉN? CAPÍTULO 8: EL MITO DEL JUDÍO REVOLUCIONARIO

En sus memorias escritas esperando el fin de sus días en un asilo francés y publicadas bajo el título “Ochrana”, el último director de la policía zarista AT Wassiliew, relata cómo Nicolas I en un loable intento por detener los pogromos e integrar entre el pueblo ruso a las dispersas comunidades judías entregó a éstas pequeñas parcelas de tierra, aperos de labranza y un par de bueyes o animales de tiro.

Al cabo de un tiempo mandó inspeccionar qué tal iba el asunto.
Los judíos habían subarrendado a los campesinos rusos las tierras recibidas, y vendido aperos y bestias.
Pero eso no era lo peor.
Mientras el campesino se deslomaba por conseguir sacar adelante no una cosecha sino dos y mejorar así la vida de sus familias, los hebreos habían organizado un trust que especulaba con el precio del cereal de tal forma que eran ellos los que fijaban el precio de las cosechas y del pan. Huelga decir que el campesinado quedó permanentemente endeudado con sus ociosos vecinos.

A pesar de las reiteradas razzias y las leyes restrictivas zaristas, la población hebrea había pasado sólo en las comunidades agrícolas de Ucrania y Lituania de los 100.000 habitantes (1856) al medio millón (1908).
Y esto en las zonas rurales, en las ciudades los números eran abrumadores, siendo especialmente llamativo que el 37% de la población de Varsovia en 1913 era de origen judío. En un siglo el censo hebreo se había multiplicado por 40, mientras que el polaco solo lo había hecho por 12.
Resulta cuanto menos paradójico que, como citábamos en el capítulo anterior, la revolución bolchevique de obreros y campesinos fuera animada y dirigida por un estamento que no había cogido en su puñetera vida ni una hoz ni un martillo.
Pero vayamos al grano.

Que hablar de Karl Marx es hablar de un gandul de tomo y lomo es algo que está fuera de cualquier duda razonable.
Que el somé fuese una mente privilegiada ya es harina de otro costal.
En esta entrada del QsQ vamos a intentar acercarnos a través de sus principales autores a una de las grandes estafas de la historia de la humanidad: el comunismo.
“El trabajo me persigue, pero yo soy más rápido” no es una vieja cita marxista sino un chiste actual de perroflautas, pero bien podría haberse tratado del prólogo de la alabada por desconocida obra de Karl Mordechai, alias “Marx”.
En lugar de eso, el filósofo renano prefirió dedicar “El Capital” a Wilhelm Friedrich Wolff y lo hizo con estas palabras:
“A mi inolvidable amigo, valiente, fiel, noble luchador adelantado del proletariado”.
Y esto amigos, esto sí es humor negro porque incluso siendo merecidos todos los halagos librados en la entradilla, no es menos cierto que Karl jamás se planteó llevar una vida austera y de duro trabajo como la de su admirado y gentil proletario.
Wolff había muerto en 1864, justo 3 años antes de la publicación del tocho infumable de Marx, dejando en éste una profunda huella. Pero ¿quién fue “el fiel Lupus”?

Nacido en 1809 en una humilde familia campesina de Tarnau (Baja Silesia, por entonces Prusia) es el perfecto ejemplo de “hombre hecho a sí mismo” pues su esfuerzo personal le procuró primero, estudios universitarios y posteriormente (ya en el exilio por la difusión de sus ideas socialistas) un status social ganado a base de trabajo.
Parece normal que Karl, quien fuera incapaz de ganar con el propio sudor un sólo chelín en toda su vida, lo admirara.
Eso acredita a vuela pluma un par de cosillas: los pocos obreros que trató Marx a lo largo de su indolente existencia.
Y en segundo lugar la cara dura del “predicador de sí mismo” pues sacó al “proletario adelantado” la suma de 10.000 libras (una fortuna de la época) para instalarse con su familia en Londres.
Huelga decir que con la dedicatoria dio por saldado el préstamo.
Porque si algo caracterizó a Marx a lo largo de su vida (además de su erudición) fue el hecho de haberla vivido de gañote.
La primera asociación “social” que se le conoce al joven Carlitos data de su época de estudiante y es la “Landsmannschaft der Treveraner”, literalmente: Club de Tabernas de Tréveris, donde alcanzó el nada desdeñable cargo de vicepresidente.

Un paréntesis para una crueldad con licencia de autor: ¿Qué hígado pudo ganarle a Marx la presidencia?.
Solo se me ocurre que quizás algún antepasado de John Belushi…
De hecho, por enfatizar lo escrito nos adornaremos con algunos cortes de la relación epistolar con mami Enriqueta justo cuando Karl reconoce a sus progenitores estar deteriorando su salud entre farra y farra, y de paso con dolor de los pecados y propósito de enmienda solicitar otro adelanto de su herencia:
“Debes evitar todo lo que podría empeorar las cosas, no debes acalorarte ni beber mucho vino o café y no comer nada picante. No debes fumar ni trasnochar y levántate siempre temprano y, querido Karl: no bailes hasta que estés bien otra vez”.
Cosas de madres, oigan. Ni Rigoberta Bandini con sus tetorras públicas lo hubiera sintetizado mejor.
Pero Carlitos ¡qué chaval! no lo veía así, y escribió: Mi familia ha puesto dificultades en mi camino que, a pesar de su propia prosperidad, me someten a las circunstancias más difíciles.
Henriette contestó: “si tan solo Karl hubiera hecho capital, en lugar de simplemente escribir sobre ello…”.

Marx siempre lamentó ante sus amigotes de taberna, entre vinos y mujeronas de escote generoso, que mientras su madre viviera él no podría disfrutar de la “legítima” herencia, aunque lo cierto es que se había fundido de largo cualquier abintestato que le correspondiere por derecho… por esos derechos que su ideología afirmaba detestar.
A eso en mi pueblo se le llama golfo.
A pesar de lo expuesto, mami siguió pagando algunas de las enormes deudas contraídas por el nene ya talludito, hasta que en 1862 se negara a hacerlo. Aquél fue último día que el angelito visitara a su madre.
El chico salió rebelde, pensaron seguramente sus abuelitos:
Marx Levi Mordechai, rabino de Tréveris desde 1723, fue el paterno.
El materno, Isaac Heymans Preissburg rabino a su vez, aunque posteriormente metido a empresario textil. La familia Preissburg se venía ocupando de las sinagogas de Nimega (Países Bajos) desde al menos cien años antes.
El papá de Carlitos no fue rabino, que esa dignidad se reservaba al primogénito, pero licenciado en derecho sí ostentó importantes cargos en la administración hasta que Napoleón es derrotado en Waterloo (1815), pasando la Renania a ser provincia prusiana.

En este punto recordemos que muchísimas líneas más atrás dejábamos al Sire jurando ante el “Gran Sanedrín” la protección francesa para los judíos.
Y así cumplió el corso, a pesar de que Francia tenía leyes de “apartheid” que prohibían expresamente a los hebreos el acceso a cargos públicos.
Los alemanes -es sabido- suelen tomarse más en serio que el francés lo legislado, y el funcionario Herschei Levi Mordechai, por si las moscas, abrazó el luteranismo y fue bautizado con el nombre de Heinrich Marx.
Es decir: un marrano de manual.
Heinrich de paso bautizó a su numerosa prole, pero hasta 8 años después no consiguió doblegar a su esposa Enriqueta (“creo en Dios, no por el bien de Dios, sino por el mío propio”) para que aceptara “la verdadera Fe”
Y es que a esta testaruda señora hay que echarle de comer aparte:

Mami Henriette nacida en centro Europa de familia muy rica, pero que jamás había pisado la Tierra de Promisión, solo hablaba yiddish y a duras penas chapurreaba algo de alemán y sus usos y costumbres eran los de una mujer educada en la ortodoxia judía.
Encima emparentó a través de su hermana pequeña Sophie con otra familia de millonarios judíos: los Philips, una saga de productores de tabaco y banqueros que una generación más tarde fundarían la compañía Philips Electronic, de la que huelga presentación.
Es decir y en resumen: la familia del tipo que inventó el comunismo, estaba forrada.
Sophie Preissburg y León Philips (converso bautizado) se casaron en la sinagoga de Nimega cumpliendo con todos los ritos hebraicos preceptivos.
Una vez fallecido papá Heinrich la viuda decidió poner caudales y confianza en manos de su cuñado, quien desde entonces y en adelante se haría cargo del fideicomiso de la sed insaciable de Karl y además se cobraría oportunamente los adelantos cuando el celebérrimo poltrón quedara huérfano, asunto que alimentará en Marx sin duda el desdén por la burguesía.

Por ir liquidando el árbol genealógico: contra lo que mucha gente supone, Karl Marx no nació en el seno de una familia humilde, sino todo lo contrario.
Y unas citas oportunas:
“Como si fuéramos de oro, mi caballero hijo dispone de casi 700 táleros en un solo año… mientras que los más ricos no gastan más de 500″ (Heinrich a su hijo Karl por entonces en la Universidad de Berlín, nov/1837).
“Ojalá, en lugar de María, hubiera sido mi madre, que de todos modos ahora está llena de enfermedades físicas y ha tenido su buena vida” (Carta de Marx a Engels en enero de 1856 “consolando” a su amigo por la repentina muerte de su amante Mary Burns).
“El destino reclamó a uno de nuestra familia. Yo mismo ya tengo un pie en la tumba. Dadas las circunstancias, presumiblemente yo soy más necesario aquí que mi madre” (carta de Marx a Engels cuando el fallecimiento de Henriette).

En fin… que el tipo era un desecho de virtudes y amor al prójimo. Marx casó con Jenny von Westphalen, aristócrata de regio abolengo prusiano que incluso emparentaba con el linaje escoces de los Estuardo y a los que también metió un buen bocado de florines.
Como anécdota: fue el propio hermano de Jenny, Ferdinand Otto Wilhelm Henning von Westphalen, Ministro del Interior de Prusia entre 1850 y 1858 quien ordenó el arresto y deportación de su ilustre cuñado.
Lo cierto es que los Von Westphalen nunca vieron con buenos ojos el matrimonio por tres motivos fundamentales: el origen judío de los Marx, la diferencia de edad (Jenny era 5 años mayor que Karl, en aquella época algo casi aberrante) y el desclasamiento que suponía emparentar a nobles con burgueses.

Los Marx entonces recalaron en Londres donde Karl y Jenny al alimón, junto a Engels, redactaron el Manifiesto Comunista en un formato panfletario que, aunque pronto quedara obsoleto, resulta una declaración de enorme importancia histórica, que curiosamente excluyó a Jennyfer de la autoría.
Y es que Marx acabó domesticando con toda intención a su brillante esposa al papel de mera concubina, a madre de sus hijas y dócil esposa que miraba hacia otro lado cuando el señor de la casa tomaba donde le apeteciera a la empleada de servicio (quien por cierto quedara preñada dándole su único hijo varón, aunque bastardo).

Tras el éxito del Manifiesto, Marx pletórico se dispuso a escribir la que sería su obra magna: El Capital. Pero apenas llevados unos centenares de folios y mil botellas de brandy comenzó a aburrirse, abandonando el texto para disfrutar “de su Muro”, mostrando ¡ahí sí! su inmensa agudeza para el insulto en las polémicas públicas con Bakunin o Proudhon… o con quien tocara, porque Karl no le hacía ascos a ninguna riña dialéctica… aunque sí al trabajo.
Fuera Engels quien se ocupara de “traducir” las notas etílicas de su gran amigo, con la ayuda financiera del poeta marrano Heine y de las de su secretario judío Eduard Bernstein (quien por cierto fundara el SPD, y con quien más adelante volveremos) el hombre que pusiera negro sobre blanco el comunismo.

Del gran Karl Marx, mejor que por mí cierre el ensayo su padre:
“Por desgracia su conducta ha consistido simplemente en desorden, serpenteando en todos los campos del conocimiento, tradiciones mohosas a la luz sombría de la lámpara, degeneración en una bata erudita con un cabello sin peinar con un vaso de cerveza y una elocuente insociabilidad”.

Y no tengo nada más que añadir.

LARREA  ABR/2022

 

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