¿QUIÉN ES QUIÉN? Capítulo VII: GOG Y MAGOG

“Cuando terminen los mil años será Satanás soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar.” (Apocalipsis, XX, 7)

La antigua leyenda hebrea de millares de jinetes arianos de cabellos de fuego o trigal y ojos azules que derribarán las murallas de Jerusalén masacrando a los fieles ha perdurado desde la antigüedad hasta nuestros días con pertinaz obsesión.
¿Y quién es Gog?, ¿y dónde queda Magog?… ¡ah!, ya me gustaría a mí saberlo, misterios talmúdicos. Pero lo cierto es que atravesando los siglos la sonora pareja ha servido para un roto y para un descosido en la desconsolada historia del Pueblo Elegido.
La Diáspora de Tito, primogénito del Emperador Vespasiano que en el 70 de nuestra Era arrasó Jerusalén hasta los cimientos (“el Dios de los Judíos se había puesto de parte de Roma”, Josefo), los Reyes Católicos de España (1492) con el Edicto de Granada, o la “shoah” del Canciller Hitler (1933) son los mejor situados para el galardón, pero lo cierto es que aún siendo estos tres acontecimientos históricos los más aborrecidos por los judíos y también los más conocidos por su relevancia y consecuencias: ni son hechos aislados en la empresa secular de los pogromos antisemitas, ni fueron aquellas las batallas consideradas por los eruditos definitivas entre el bien y el mal donde “el fuego del Cielo los consumirá”.
De hecho, Gog aún estaría por llegar y Magog sería “el nombre de una nación, tierra o reino situado en los extremos del mundo conocido” (sic).
Son mayoría los estudiosos del Apocalipsis que coinciden: la arcaica leyenda solo puede referirse a los territorios que hoy ocupa una nación: Rusia.
Como no son objeto de esta sección las supercherías religiosas no abundaremos en el asunto, pero sí nos recrearemos -como es habitual- en las simpáticas coincidencias históricas.

La Rusia zarista que estrenaba el siglo XX no se diferenció demasiado en cuanto a la cuestión judía de las tradicionales monarquías medievales y renacentistas europeas: entre la dependencia de los financieros para sus guerras y el odio del pueblo a los prestamistas con usura y a los recaudadores de impuestos.
De hecho, una de las principales características de los Romanov desde el comienzo de la dinastía en los albores del XVII hasta el fin de sus días en 1918 son los pogromos contra los asentamientos hebreos: “el judío emponzoña las almas”, la cita de Iván el Terrible iba acompañada de la prohibición de entrada para aquella grey en la Santa Rusia.
No es por tanto de extrañar que la revolución bolchevique se nutriera de judíos resabiados con el zarato, sí es más llamativo en cambio que siendo una minoría étnica acapararan tantos y tantos cargos en la dirección política del Partido.

Fuera Stalin el último unificador y líder indiscutible de la Unión Soviética, muy por encima de los grandes pensadores y revolucionarios bolcheviques: Lenin, Trotsky, Sverdlov (judío quien por cierto ordenó la ejecución de los Romanov), Kamenev, Zinoviev…
Cuando los dos últimos citados cayeron en desgracia, el “Padrecito” ordenó a la agencia TASS que fueran citados por sus verdaderos nombres hebreos: Rosenfeld y Radomilski. Ambos fueron ejecutados en 1936 tras la Gran Purga. Tampoco Lev Trotsky, también judío, escaparía del rencor del georgiano.
Porque Josif Stalin no nació ruso, lo hizo en Georgia en el seno de una familia proletaria y desestructurada por el alcoholismo de su padre. Sus dos hermanos mayores murieron de miseria y su madre Yekaterina entró al servicio/protección de Jacob Egnatashvili, rico comerciante judío que se ocupó de procurar al chico cuidados y los estudios elementales (algo que recuerda muchísimo al pervertido Victor Komarovski en la obra de Boris Pasternak, tanto se parece que hace pensar que fuera práctica habitual entre la burguesía rusa la “protección” de madres solteras).

El muchacho sobrevivió al sarampión, la viruela e incluso al atropello de un carruaje que le dejó una cojera leve pero permanente. Su enorme capacidad para el aprendizaje hizo que la Iglesia lo tutelara iniciándose como seminarista, estudios que Josif abandonó para entregarse a la causa marxista y a la implacable realidad de la vida mundana.
El joven “Koba” junto con su leal amigo armenio Kamó pronto se convirtió en líder de una banda de atracadores que decidieron unir su destino al del incipiente movimiento revolucionario, siendo conocidos en el Aparato intelectual del partido por el despectivo título “Clan de los Georgianos”.
De Kamo se contaba que en una ocasión y tras un “quítame allá esas pajas” había arrancado el corazón de una persona con tanta rapidez y maestría que todavía latía cuando lo tiró al suelo.
Pero incluso en aquellos duros comienzos Josif era un tipo que se caracterizaba por su intuición y determinación, su sentido del humor, su buen oído para entonar y el extenso repertorio de chistes “picantes”.
En 1907 muere de tifus Ekaterina, su primera esposa y el único amor de su vida, según sus propias palabras: “Esta criatura suavizaba mi corazón de piedra. Ahora está muerta, y con ella mis últimos sentimientos humanos”.
Y… ¡vive Dios! que cumplió lo prometido.

Algunos biógrafos afirman que no hubiera conseguido convertirse en el perspicaz estadista que fue sin la imprescindible anuencia de su fiel Vlacheslav Molotov.
El gran “Molo” le acompañó en todas las intrigas para el asalto al poder tras la muerte de Lenin con el polémico testamento que no dejaba a Stalin precisamente en la línea de salida a la sucesión.
Siendo ya Ministro de Exteriores firmó el pacto con Ribbentrop en 1939, toreó con maestría abochornante a los ínclitos Churchill y Roosevelt en la partición de Polonia y en la hegemonía soviética sobre las naciones eslavas y bálticas conquistadas, corrió un bien tejido velo sobre el brutal genocidio de Katyn que ponía en peligro la unidad Aliada y además tuvo tiempo para convertirse en el asesor de Stalin en las cuestiones de política interior.
Toda una hoja de servicios.
Solo una vez (que se sepa) el ruso fue llamado al orden (con lo que ello significaba) por el georgiano: su matrimonio con Perl Karpóvskaya, la primera mujer miembro del Comité Central del PCUS (1920) y también la primera nombrada Comisario del Pueblo (1939).
Stalin consideraba a la señora Molotov (y con razón) una agente sionista (su hermana ya había emigrado al Mandato Británico en Palestina y su hermano era un empresario bien relacionado en los EEUU) y consecuentemente sugirió al fiel asesor el repudio de su señora, pero Vlach estaba enamorado como solo un ruso sabe hacerlo.
Un pequeño incidente -aunque público- entre Josif y su segunda esposa (Nadezhya) con Perl de mediadora se resolvió con el “suicidio” aquella misma noche de la “primera dama”, asunto que en fondo y forma era un aviso a navegantes: Stalin no se detenía ante nada ni ante nadie.
Con el divorcio seguramente Molotov salvó la vida de su esposa que, aunque apartada del Aparato, siguió con su carrera política participando activamente en el Comité Judío Antifascista de Beria y Ehremburg e incluso haciendo de traductora de yiddish en 1948 del primer Embajador de Israel ante la URSS: Golda Meir.
Como curiosidad: el nieto de ambos, Vlacheslav Nikonov, es hoy diputado en la Duma por el partido de Putin, Rusia Unida.

Hablábamos unas líneas atrás del sentido del humor de Stalin y en este punto quizás sea oportuno recordar una anécdota por reveladora: en la reunión del Partido Social Demócrata en Londres (1907, un mes antes del atraco de Tiflis), hizo suyas unas palabras del compromisario Aleksinski que decían así: “los Mencheviques son la facción hebrea, mientras que los Bolcheviques representan la facción verdaderamente rusa”, a lo que Stalin admitiéndolo añadió: “quizás convenga lanzar un pogromo dentro del partido…”
Seguramente nadie allí sabía todavía del humor negro de Pepe el georgiano.
Josif no era burgués (como Lenin), ni judío (como Trotsky), era un chico de la calle y en su corazón habitaban los odios atávicos del pueblo eslavo: los zares y los hebreos.
Resuelta (como hemos citado anteriormente) por Sverdlov a instancias de Lenin la cuestión de la monarquía, Stalin aparcó para un mejor momento la “solución final” a la cuestión semítica, dejando que los nazis se fueran ocupando del problema.

Llegados aquí no podemos pasar por alto la ejecución de los Romanov.
Recluida en Ekaterinburgo toda la familia real que los bolcheviques habían podido echar el guante (que fue a casi todos), la madrugada del 17 de julio de 1918 y ante la proximidad del ejército Blanco fueron fusilados y rematados a cuchillo, posteriormente los cadáveres fueron arrojados a la sima de una angosta mina por el pozo de respiración, donde no serían encontrados hasta 1979.
Esta es -más o menos- la narración “oficial” (en realidad nunca hubo un comunicado al respecto más allá de “el Zar ha muerto”).

Pero con el paso del tiempo los orgullosos protagonistas del cruel asesinato fueron añadiendo un goteo de información hasta concluir en un cuadro siniestro lo acontecido en la Casa Ipátiev, tanto que en el 2017 la Iglesia Ortodoxa a instancias del Patriarca Kiril y del Obispo Tijon (por cierto, confesor y consejero espiritual de Putin) consiguieron que se abriera una investigación para determinar con exactitud si en el asesinato de los Romanov habrían coincidido “rituales cabalistas”.
Lógicamente la Comunidad Judía protestó airadamente por lo que temían pudiera degenerar en una nueva ola de antisemitismo, pero la instrucción a día de hoy sigue abierta.
Lo cierto y probado sin discusión es que Sverdlov (mano derecha de Lenin) dio órdenes precisas a Jakov Yurovski para despachar a los Romanov, incluyendo en el lote al médico, camareros y lacayos. En la logística del regicidio colaboró Goloshchokin por entonces comisario del Soviet de los Urales.
Del asunto se encargó un selecto pelotón bolchevique, donde posiblemente Mijail Medvedev Kudrin fuera el primero en disparar (hazaña que se atribuyen prácticamente todos los concursantes)
Todos los citados hasta aquí fueron “Inorodtsy”, es decir: rusos no rusos, que era el eufemismo que se empleaba en la época para nombrar a los “narigones”.
No me extenderé más sobre este asunto pues no es el objeto del ensayo, pero cualquier ingenuo podría interpretar que la leyenda de Gog y Magog levitaba sobre los verdugos.
Por ir terminando volveremos sobre la figura de Stalin.

Dejábamos al bueno de Josif haciéndose el tonto y relegando el “asunto judío” en manos de los belicosos germanos, para dedicarse a sus “cosillas” que en resumen se trataban de afianzar su hegemonía en el Estado de los soviets.
Para tal fin, mientras retornaba a la Gestapo los refugiados que llegaban a sus fronteras, entregó plenos poderes en materia policial a Lavrenti Beria, un frío criminal georgiano (además de pervertido sexual) que instituyó el terror como eficaz sostén de gobierno (hay que reconocer que el polaco Dzerzhinski inventor de las Chekas y que literalmente vivía en Lubianka, le había enseñado el camino).

Beria -que no era judío- se convirtió con el tiempo en uno de los mejores aliados de la causa sionista, pero mejor dejamos a este despojo de la humanidad para un monográfico posterior sobre excrementos y volvemos al Padrecito, vencedor y máximo beneficiario (en principio) de la IIWW.
Avanzando su Gobierno en el tiempo y tras los vergonzantes Juicios de Nuremberg, Stalin retornó a las antiguas políticas zaristas en materia judía: propuso, como en su día hicieran Lord Balfour, el canciller Hitler o el bolchevique Isaac Steinberg (todas rechazadas por Weizmann, Herzl y Ben Gurion) la creación de un Estado Judío en Birobidzhan (Siberia) con la sana intención de mandarlos a tomar por culo. Perdón: quise decir, alejarlos.
Y ante la pobre acogida de la idea, volvió a los pogromos tradicionales y a las persecuciones de las que “El Complot de los Médicos” cuando ya muy debilitado físicamente, le costó la vida.
Beria precisamente presumió de haber sido la mano “que liberara del tirano”.
El ruso Nikita Jruschov, presente la noche en que Josif Stalin muriera posiblemente envenenado, se encargaría al poco de despacharlo.

Rusos y hebreos, un capítulo de la historia por cerrar.
Y eso que ya están en Palestina, la tierra de promisión… pero Gog y Magog son una pesada carga.

LARREA  MARZO/2022

 

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