RAMIRO, EL PRECURSOR

Un día de 1927, apenas fundada La Gaceta Literaria, César Muñoz Arconada, crítico musical y colaborador, me demandó con su voz de adenoide:

-¿Puedo presentarte a un amigo y vecino mío de Cuatro Caminos, empleado de Correos? Tiene mucho interés en conocerte y hablarte.

-¿Cómo se llama?

-Ramiro Ledesma Ramos. Sabe mucho de filosofía y literatura y ha escrito algo.

Al día siguiente por la tarde se presentó con él en nuestra imprenta de Canarias, 41, fundada y dirigida por mi padre y donde yo con mi mono de paño azul y cremallera argéntea, componía y distribuía La Gaceta y recibía a los colaboradores sentado en resmas de papel y ofreciéndoles otras como acomodo. El paso de los obreros y el ruido de las máquinas hacÍa no fácil el entendimiento; pero creaba en cambio un ambiente «porverinista» como lo calificara el secretario, Guillermo de Torre, y entusiasmara a Marinetti cuando irrumpió allí cierta mañana, acompañado de Benedetta, declamando uno de sus, ya entonces, viejos poemas maquinísticos:

Piston chaudiére, piston chaudèere

pissssstton, píssstton, pisston…

Ramiro Ledesma: media estatura, cuerpo enjuto, traje gris, pantalones rodilleados, flexible de alas bajas protegiendo un rostro celtíbero y enérgico y cubriendo un peinado de mechón caído. La voz, buena. Pronunciación defectuosa en la vibrante velar haciendo las rrr graseadas a la francesa.

Me llamo Ramiro Ledesma Ramos y soy zamorano, sayagués.

-¿Sayagués?

Me atrajo el sayagués desde que leí El Sayagués de Puebla de Sanabria de Fritz Kriiger y su influjo dialectal en el teatro salmantino de Juan del Encina. Simpatizamos en el acto, y le invité a colaborar sin necesidad de una carta de Ortega en que me lo pedía y que me mostró después.

¿Cuándo comenzó a escribir en La Gaceta? Tanto yo como sus biógrafos Tomás Borrás y José María Sánchez Diana situábamos su primer trabajo el 15 de mayo de 1928: Un transeúnte eximio: el matemático Rey Pastor.

Pero mi asombro ha sido, al revisar la nueva edición de La Gaceta Literaria (Vaduz, Liechtenstein, Ed. Turner, 1980), encontrar en su índice de autores el nombre de Ramiro Ledesma Ramos en dos colaboraciones de 1927 que sólo tienen, en el original impreso, por firma una R. La primera: «Libros  italianos: Benedetto Croce Filosofía práctica (1 de marzo de 1927). Y dos meses después (1 de mayo) otra aportación: Necrología de un suicida. También con la simple inicial R. Esa designación colaboradora debió ser hecha por Enrique Montero, representante español de la editorial Topos, cultísimo y redactor del Índice.

La reseña de R. es sucinta y como para satisfacer al presentador de la Filosofía práctica crociana en España, Edmundo González Blanco, que debió ser contertulio de Ramiro en el Ateneo. A don Benedetto le denomina: «genial profesor italiano». Y exalta su obra. Por lo que todavía en ese momento, no advierte Ramiro que estaba glorificando al máximo pensador antifascista de Italia. El lenguaje de tal nota es un tanto retórico y circunstancial. La otra reseña, Necrología de un suicida, lleva dentro un problema personal. Presenta a un amigo suyo, León Tejedor y Lomas, asistente a veces a nuestras tertulias (yo no lo recuerdo), que le entrega el articulo Toledo nuevamente y que le publicamos a continuación. Y el cual, según Ramiro «cohibido ante la vida» y «con una voz fuerte pero llena de gallos», cumplió con su «Necrología» y se suicidó de un tiro. Pero lo interesante del comentario de Ledesma: la preocupación por la madre de ese amigo. «Ante la madre de un suicida empieza nuestra sensibilidad a oscilar», «si se tiene vocación al suicidio hay que esperar que la madre muera», «sólo se deben suicidar los huérfanos de madre». ¿Es lo que le impidió a él suicidarse? Ya que tuvo tal vocación desde su primer cuento en La Esfera: “El Vacío”, escrito a los 17 años. Y en otros cuentos: “Suicidio” y “El sello de la muerte”», dedicado a Unamuno. Ésos fueron sus primeros escritos.

¿Era Ramiro religioso? Ninguno de sus biógrafos lo confirma. Fue monaguillo en Torrefrades. Pero sus lecturas precoces, sobre todo en filosofía germánica y especialmente de Nietzsche, debieron de llevarle al existencialismo de un Heidegger que conoció bien. Esa atracción y repulsa del suicidio fueron sin duda la raíz de su heroísmo. Y por eso murió atacando, queriendo matar antes a sus asesinos, al subir al camión que desde la cárcel madrileña de Ventas le llevaría con otro Ramiro (Maeztu) y otros mártires al paredón de Aravaca, en Madrid. Días antes, el 17 de julio, preguntaba por teléfono a la casa de mi madre (Plaza de las Cortes, 9, donde radicaba Acción Española y vivía don Juan March) si yo estaba bien. ¡Querido y admirado Ramiro! ¡Inolvidable Ramiro sobre el que voy a escribir sin rumbo fijo!

Me hubiera gustado conocer las relaciones con su madre. Era el cuarto hijo, delicado y distinto a los demás hermanos. Físicamente, de niño rubiáceo y con ojos claros, un celtíbero viriatesco (galaico-luso-zamorano). Romancesco: heroicidad y ensueño. Un rebelde fracasado como Viriato: pero un Viriato a su modo, un caudillo malogrado. Por eso le quise levantar un monumento en Zamora, y la Falange (sin las JONS) creo que lo prohibió. Yo viví esa tensión entre sus Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista y la Falange de José Antonio. Si hubiera vivido Ramiro habría dado su voto a la otra unificación con el Tradicionalismo, en ese Movimiento político tricefálico (él, José Antonio y Franco) y que fue clave de nuestro movimiento, efectivamente y no un fascismo, contentando así a Ramiro que lo rechazó (y a mí de La Conquista del Estado, ¡por fascista!, no obstante haberle yo aportado nada menos que el título de esa publicación y alguna doctrina). Pero comprendí que quien quería erigir una política «nacionalista» evitara cualquier otro nacionalismo, ya que el Fascismo era italiano con un denominador «socialista» común a toda nuestra época y proveniente de su triunfo en Rusia con Lenin. Por eso, también José Antonio esquivaría de modo elegante, noble e inteligente tal sambenito (no en vano se llamaba Benito, aunque sin santidad, su inventor). Y lo mismo ocurriría con Franco. Tan nacionalista era la médula del Fascismo que el propio Duce proclamó que «non era merce di sportazione». Y sin embargo: la palabra «fascista» se haría universal y antitética de «comunista». Y por eso ahora se la sigue huyendo ocultándola bajo el tapabocas de «ultraderecha» y el comunismo «ultra izquierda». Invenciones del centrismo y de la democracia cristiana que han querido quitar al fascismo su gran secreto.

La victoria, aparte de la genialidad militar de Franco, consistió en que España, por vez primera desde el XVIII, recobró sus aliados naturales: los «vecinos de nuestros vecinos»: Roma y Germania. La clave de oro de toda política internacional revelada desde la Ley de Manu: «Tu enemigo, tu vecino y tu amigo, el vecino de tu vecino». Viejo secreto que puse al día en mi Genio de España combatiendo la tesis orteguiana sobre la carencia de suficiente «fermento rubio» en el español. Y que por esto estábamos «invertebrados».

Yo había entregado a Ramiro otras inspiraciones. No sólo mi manifiesto inicial y fundador, de la «Carta a un compañero de la Joven España», el 15 de febrero de 1929, publicado en La Gaceta Literaria, donde no sólo se planteaba la doctrina nacional-sindicalista, sino hasta los emblemas como la bandera roja y negra con el haz y el yugo de los Reyes Católicos y el saludo de la mano abierta o sin armas. Otras inspiraciones: como las contenidas en mi libro Hércules jugando a los dados, en el que Ramiro ya vio lo que otros ni sospecharon en aquellas páginas deportivistas, heraclidas y vanguardistas: la idea cesárea.

En La Gaceta del 11 de agosto de 1929 escribía Ramiro: Giménez Caballero y su Hércules. «Es admirable en medio de estos temas. Yo insistiría mucho en que la gente advierta la presencia de este hombre: porque es providencial en esta hora de España. ¡Alerta, jóvenes! G.C. es flor rara en la cultura. Hombres así suelen tener asignados, en honra a su vigor, los puestos más difíciles. Recíprocamente: también les corresponden las mejores victorias».

Cuando yo le entregué a Ramiro estas sugestiones, tuve que decirle lo que Ortega a mí poco antes, cuando le solicité ¡luz!, ¡más luz!: «A usted, Giménez Caballero, hay que dejarle solo ya». Y eso es lo que, sin decírselo, realicé con Ramiro: dejarle ya solo, aunque siempre con mi mirada vigilante y mi corazón alerta. Y una amistad que duró hasta su muerte y que en mí sigue hecha devoción.

La obra de Ramiro anterior a sus colaboraciones en La Gaceta yo no la conozco sino por referencias de Juan Aparicio, Sánchez Diana y Tomás Borrás: El sello de la muerte, El Vacío, El Quijote y nuestro tiempo, El lago Castañeda y sus alrededores. E inéditos (1924-1925): El escepticismo y la vida, El joven suicida, La hoja romántica, Las hijas de Eva, El anticopernicano de Kant y sus colaboraciones en la Revista de Occidente fueron: Bertrand Russell. Análisis de la materia, Un libro francés sobre Hegel, El causalismo de Meyerson, Introducción a la Filosofía matemática de Walter Brand y Marie Deutchlein, De Ricker a la fenomenología, El mundo de las sensaciones táctiles, Keyserling y el sentido, Esquemas de Nicolai Hartmann. Y Sobre la filosofía del Renacimiento. Y en el diario El Sol, La filosofía, disciplina imperial. Notas para una fenomenología del conocimiento filosófico».

En cuanto a sus publicaciones periódicas: La Conquista del Estado, de la que fui titulador y fundador con él y con Juan Aparicio, apareció el 14 de marzo de 1931. Con otros ocho colaboradores. Y con vicisitudes, duró hasta el 26 de octubre. Pero dejando en marcha no sólo una fe, sino también una acción como indicara Ortega en su vaticinio de Leipzig por 1905. Y esa «acción» se denominó «Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista» que crearon una revista, JONS, flanqueada en Valladolid por Libertad de Onésimo Redondo. Por cierto que en 1984 Antonio Izquierdo, director de El Alcázar, intentó unas nuevas Juntas nacionales, pues la palabra Falange se ha ido desvirtuando en un tradicionalismo sin rigor revolucionario. Y un único número promovido por el director de La Nación, Manuel Delgado Barreto, de El Fascio (16-3-1933) donde junto a nosotros apareció sin firma José Antonio Primo de Rivera, quien iría a iniciar su propio movimiento con una publicación titulada FE (siglas de Falange Española). En 1934, se unen jonsistas y falangistas con un triunvirato y un famoso mitin en Valladolid (4-3-1934). Se fundan las CONS (Central Obrera Nacional Sindicalista). Pero entretanto, ya ha brotado la «Sangre» vertebrando otra vez a España, aunque esa sangre no fuera toda rubia. Pero sí española y de siglos. Hay un primer Consejo Nacional de FE de las JONS en el que intervengo bastante decisivamente mientras gano mi cátedra de Literatura votado por Unamuno, Presidente de la Liga antifascista. El 15 de enero, viene la ruptura de FE de las JONS separándose Ramiro y José Antonio, Ramiro publica otro periódico: La Patria Libre, y dos libros: Discurso a las Juventudes de España y ¿Fascismo en España?

El interrogante título de ¿Fascismo en España? anunciaría su negación por carecer de características universales, frente a libros como mi Nueva catolicidad que las reconoce y hasta reconoce que ese libro las había anticipado. Sin embargo, señala dos factores que influyeron en su universalización: «un Estado nuevo» y su «Victoria sobre el marxismo». Sin embargo, según Ramiro, no podía crearse una Internacional fascista por ser lo «nacional» su dimensión más profunda, el genio de cada pueblo. Y sin embargo, esa universalidad se la otorgó la oposición marxista.

Para Ramiro, las afirmaciones centrales y determinantes del fascismo serian éstas:

1. La Patria, como categoría histórica y social.

2. La negación del Estado liberal-parlamentario.

3. La oposición a la democracia burguesa y parlamentaria.

4. Sus grandes transformaciones revolucionarias.

5. Su nuevo sentido de la autoridad, la disciplina y la violencia.

En cuanto al problema del fascismo en España, que empezaba a trascender del suelo italiano, lo esencial es que no debía haber mimetismo. Puesto que su inmediata raíz estuvo en el fracaso de la II República. Y otra más honda, en el patriotismo de los españoles, que despertó en las juventudes nuevas un ansia de revolución nacional frente a las derechas y frente a las izquierdas que se reveló hasta en figuras como la del marxista Joaquín Maurin en su libro La Segunda República (Barcelona, 1935). Él mismo es, ante todo, un «nacionalsindicalista». Y para explicarlo recurre a recordar su propia trayectoria con La Conquista del Estado el 14 de marzo de 1931, sin más precedentes que la campaña «de Giménez Caballero en 1929 que postuló por primera vez en España una doctrina nacionalista moderna, social y vital desenmascarando con eficacia lo que en el liberalismo demo-burgués había de podrido, reaccionario y antisocial».

El año 1933 fue el de la expansión jonsista con publicaciones, mítines y acciones como el asalto a los Amigos de Rusia. Pero también el del penal de Ocaña para varios de los jonsistas y del que yo me libré por un aviso a tiempo del sereno de mi calle.

Sin embargo, habían ido apareciendo focos jonsistas peninsulares. Además de Madrid y Valladolid. En Barcelona, Bilbao, Zaragoza, Valencia y Galicia donde se sumó un gran talento que pasó del Comunismo al jonsismo: Santiago Montero Díaz, que escribió un magistral ensayo sobre Ramiro.

El 29 de octubre de 1933 hizo su aparición política José Antonio en el mitin de la Comedia fundando Falange Española. Ramiro, en su libro, examina los componentes de tal organización y sus directivas ideales, basadas en el antecedente inmediato e inexcusable del jonsismo. Cerca de Ramiro y de José Antonio, yo intervine para la unificación de ambos movimientos, lográndola. Como también lo haría luego en Salamanca con la Falange Española de las JONS y los Tradicionalistas. Esas unificaciones fueron el secreto del triunfo franquista y por no lograrlas el enemigo (fraccionado políticamente) perdió la guerra. La unión culminaría en el importante mitin de Valladolid, el 4 de marzo de 1934. Después, violencias y caídos. Los chibiris o rojos atacaron. Se nombra a José Antonio Jefe nacional. Y comienza la crisis y la secesión de Ramiro y La Patria Libre y su idea de marchar a Barcelona y la afirmación final de que le vendría mejor «la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini». Eso fue en noviembre. Pero ya antes, en mayo, había redactado otra publicación: su fichteano Discurso a las Juventudes de España.

¿Qué figuras europeas pudieran emparejarse con aquella del español Ramiro Ledesma Ramos?

En Italia, no se dio el caso Ramiro. El precursor de Mussolini, Gabriele D’Annunzio, fue ante todo un poeta y después un combatiente, bien recompensada su vanidad por el Duce, haciéndole «Príncipe di Monte Nevoso». En Alemania hay figuras algo semejantes en fundadores que se unifican con el Führer, pero que su disidencia posterior les lleva a la muerte. Fue el caso de Gottfried Feder que tras su gran servicio de escritor anticapitalista y su influjo sobre Hitler murió arrinconado. Más trágico fue el destino de Ernst Röhm. Colaborador de primera hora, disidente y emigrado a Bolivia, figura con Hitler como Jefe del Estado Mayor en las SA. Ministro sin cartera y asesinado en 1934. Como Gregor Strasser, inicial colaborador del Führer y con buenos servicios al Partido.

Pero donde se dieron figuras más parecidas a la de Ramiro -intelectuales y revolucionarias-, fue en Francia. Roberto Brasillach, critico de L’Action Française, nacional socialista, colaboracionista en la guerra y fusilado en 1944. Marcel Bucard, fusilado también (1946) en Fort de Châtillon, creador del «Francismo» y de la Internacional fascista. Marcel Deat, socialista y antifascista, pero después director de L’Oeuvre, propugnó la colaboración con el Eje. Condenado a muerte en rebeldía. Jacques Doriot, comunista y antifascista rival de Thorez; pero después fundador de la «Legión de los voluntarios franceses», muriendo al lado de los alemanes. Drieu la Rochelle que vio en el fascismo el rejuvenecimiento del mundo y murió suicidado…

Habría que recordar al belga Léon Degrelle con su movimiento «Rex», refugiado luego en España. Dos ingleses: Arnold Spencer Leese y Sir Oswald Mosley. El primero veterinario y sobrino de un barón, fundó en 1929 la «Imperial Fascist League» y la revista The Fascist, siendo su símbolo un haz lictorio. Y en cuanto a Mosley, noble, combatiente, laborista, Canciller con Mac Donald y fundador en 1932 de la «British Union of Fascist». Encarcelado, tomó tras la guerra con sus ideas corporativistas. Joris van Severen, flamenco y caudillo del movimiento nacionalista de Flandes. Y asesinado. Hay que recordar a los rumanos: Codreanu, fundador de la Guardia de Hierro, asesinado con trece de sus seguidores; Horia Sima, que asumió el mando de la Guardia de Hierro tras la muerte de Codreanu, condenado a muerte en rebeldía; Ion Motza y su amigo Marin, muertos peleando en España contra el comunismo. De Hungría habría que recordar a Zoltan Bozormeny y a Mesko. Al suizo Rolf Henne, fundador de un Frente Nacional. A los eslovacos Taka y Alexander Mach. Al ruso Larki. Al holandés Anton Adriaan Mussart. Al croata Pavelich. Al eslovaco Tiso. Al yanqui Ezra Pound.

El final de Ramiro tuvo algo de poema que no puedo olvidar. Para terminar su ¿Fascismo en España? regresó a sus orígenes natales, a su sayaguesa Puebla de Sanabria, en cuyo lago, como un joven Nietzsche en la Engadina, hace las que serán sus últimas meditaciones sosegadas en libertad. Porque retorna a Madrid, donde tiene la familia de padres y hermanos, a su calle Santa Juliana en el atroz Cuatro Caminos. José Antonio, desde la cárcel de Alicante, dio la orden de cooperar con Ramiro a los camaradas que estuvieran aún en libertad. El 11 de julio, logró sacar el primer número de Nuestra Revolución, y quedó cesante como empleado de Correos. Era el 2 de agosto, mi cumpleaños. El día anterior había preguntado de nuevo telefónicamente por mí a casa de mi madre. Había cenado con su hermano en la glorieta de la Iglesia. No pudieron llegar a casa. Un coche les siguió, les detuvo y se los llevó a la Dirección General de Seguridad en la calle de Víctor Hugo. De allí pasaría a la prisión de Ventas, donde estaba el otro Ramiro, Maeztu. El mismo Ledesma se había identificado rechazando documentos que le pudieran salvar. Entre miserias y sufrimientos, pero con una serenidad de predestinado, Ramiro soportó su cautiverio. En la madrugada del 29 de octubre, por fin le sacaron al camión. Su muerte fue allí mismo; iba de la mano de Maeztu, de pronto, se soltó exclamando: «A mí me matáis donde yo quiera, no donde vosotros queráis». Y abalanzándose al fusil más cercano quiso arrebatarlo; pero un miliciano disparó el suyo sobre su cráneo que saltó en pedazos. Maeztu se tapó la cara exclamando: «¡Jesús!» El cadáver de Ramiro lo tiraron dentro del camión a los pies de los otros condenados. Marcharon al cementerio de Aravaca donde abrieron una fosa a la que fueron arrojando fusilado tras fusilado.

Para terminar esta evocación, me fui una tarde a Santa Juliana, 3, en Cuatro Caminos. La casa estaba repintada, una casa de modern style, a lo principios de siglo. Sin embargo, en su fachada baja había una pintada con una consigna ledesmiana «PATRIA, PAN Y JUSTICIA» y una cruz gamada. Allá, a la izquierda, el Cine Europa donde hablara José Antonio. En la calle una pajarería, un herbolario, una sastrería y dos bares. Creo que en su piso aún habitado por su familia todo sigue igual que él lo dejara, mesa, sillas funcionales.

De allí, aquella misma tarde marché a Aravaca con mi esposa que tanto le estimaba. Nos hubiera gustado llevamos a Juan Aparicio. Y aún recoger en su chalet de Fuente del Rey a José María de Areilza que le protegió. El camposanto estaba cerrado; pero entre las verjas vimos el altar y la cruz sobre la fosa común donde cayeron acribillados los demás. Era una tarde dulcísima, otoñal y, allí, descampada. Rastrojos. Soledad. En el suelo, ¡oh!, cartuchos (de escopeta). Y recordé que cuando a nuestro común maestro Ortega le comunicaron la muerte de Ramiro dijo: «No han matado a un hombre, han matado a un entendimiento». No sólo un entendimiento, querido Ortega, también a un corazón de héroe.

E. GIMÉNEZ CABALLERO

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