RÉCORD GUINNES: EL RETO DEL MÁS DIFÍCIL TODAVÍA

Uno de los muestrarios más pintorescos de chorradas y estupideces es, sin duda, la Guía Guinnes de los Récords. El sueño secreto de cualquier gilipollas digno de tal nombre es aparecer en esta Guía, da igual si lo hace por sacarse el moco más verde, por participar en la paella más grande o por construir el castillo de arena más alto del mundo mundial.

Una de las cosas más valoradas por los perpetradores de la Guía son las concentraciones humanas ridículas o pintorescas.
Los récords guinnes de estas aglomeraciones multitudinarias son muy socorridos para rellenar los huecos muertos de los telediarios o como tema de conversación ante esos incómodos silencios de ascensor cuando se agotan los comentarios sobre el tiempo.
Las referencias al récord guinnes de la mayor concentración de mastuerzos buscando pokemons, de lagarteranas usando bolas chinas o de ciclistas alcohólicos haciendo crucigramas, abre un abanico de interesantes comentarios y apreciaciones entre los compañeros de viaje ascensoril.
Aparecer en el Libro Guinnes de los Récords confiere una especie de abolengo dentro de la jerarquía gilipollesca mundial y, en ocasiones, una notoriedad importante.

Hace unos años, los perroflautas españoles imtentaron batir el récord guinnes del mayor número de piojosos acampando en la vía pública y les salió el 15-M.
El problema es que es cada vez más difícil batir estos récords. Son innumerables los casos de pueblos españoles que se han sumido en la tristeza y la desesperación al no haber podido inscribir su morcilla con cebolla o su Reina de las Fiestas como la más gorda del mundo.
Siempre aparecía una comunidad de retrasados en Oklahoma o una lejana aldea andina que les arrebataba tal honor.
La única forma de vencer esta dificultad consiste en idear retos cada vez más complejos: ya no basta con conseguir el mayor número de malabaristas actuando a la vez, sino que es necesario que todos lleven un gorro del mismo color. No es suficiente con juntar el mayor número de registradores de la propiedad bailando la Macarena, sino que deben hacerlo a la patacoja y luciendo un tanga de leopardo. Y así sucesivamente.

Parece ser que en Colombia han rizado el rizo y han conseguido reunir la mayor concentración mundial de cabronazos, parásitos y criminales ¡y todos disfrazados de camareros!

J.L. Antonaya

 

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