REDES SOCIALES Y ACOSO

Cada día que pasa tengo más claro que la sociedad actual está enferma. El diagnostico es claro, pero el remedio no; quizás sería demasiado radical para los políticamente correctos si expusiera alguna de las ideas que en ocasiones me pasan por la cabeza.

Hace ya algunos años, si destacabas en algo, si te posicionabas, si manifestadas públicamente tus ideas, podías ser insultado o agredido; podían llamarte a casa y en un breve tiempo te recordaban a toda tu familia, podían enviarte por correo alguna amenaza o incluso pintar con spray en la puerta de tu casa algún inspirado pareado… hoy todo es mucho más fácil y mucho más de cobardes. Así es, las redes sociales permiten a una legión de retrasados mentales -que nadie piense que excluyo a las retesadas mentales- erigirse en guardianes del dogmatismo, en jueces y sabelotodos de nuestra sociedad; tanto da que te hayan incluido en un foro de extrema derecha, de extrema izquierda, de machistas o de hembristas, de cazadores de caracoles o de expertos en piojos hembras, en todas partes están los tarados, los correveidiles, los sectarios y quienes aplauden al tarado de turno o a la jauría de tarados que acuden a apoyar al tarado o tarada que destroza el teclado de tanto usarlo para “hundir” a aquél o aquella que ha expresado una opinión contraria a la suya.

En efecto, las redes sociales, tan positivas para algunas cosas, sólo son en muchísimos casos -demasiados- grandes espacios de basura donde hay quien se cree rey o reina cuando no es más que un zángano -o zángana- revestido de reinona con corte de aduladores.
No he estado indemne de ello, pero hay quien lo padece de una forma distendida y hay quien sufre, y mucho, con ello, y es en ese sufrimiento donde el tarado o tarada se recrea. Así es, se reconforta, se engrandece, se siente fuerte, crecido, se siente ganador mientras el señalado o señalada se enroca, sin ver mucha más salida que abandonar por la puerta de atrás una partida que nunca quiso disputar.

Sin teclado, cara a cara, muchas de estas situaciones nunca ocurrirían; el acosador – o acosadora- internetero, el que insulta, miente, tergiversa y escupe cizaña y necedad, en muchas ocasiones es pequeñito, débil, inseguro, un ser perturbado, lleno de traumas, que necesita envolverse con la bandera violeta de las hembristas, ubicarse en la radicalidad de una grada futbolera o buscar abrigo en una fe política o religiosa más próxima al disparate que a la cordura.
Cuando vives de cerca estas situaciones, cuando es un amigo o amiga, cuando es un hijo, una madre o una pareja, añoras esos tiempos en que te presentabas ante el tipo o tipa en cuestión y le explicabas en braille que ya estaba bien de hacer el imbécil.

Hoy estas indefenso, sólo cabe esperar que el desconocido tarado o el tarado que ayer fue más o menos amigo o conocido, se canse y busque a otra víctima; con suerte, el departamento de delitos informáticos podrá para el primer golpe, pero lo cierto es que nadie conseguirá reparar ese daño provocado por el acoso y el hostigamiento, o por ese “bullying” que siempre hace sufrir tanto a personas que un día osaron opinar o sencillamente, con su esfuerzo y trabajo, destacaron por encima de otras.

Así camina esta sociedad.

JUAN ANTONIO LLOPART

 

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