RUSADIR: COMO EL VINO DE JEREZ Y EL VINILLO DE RIOJA

No se hagan líos: algunos nunca le perdonan haber sido “La Adelantada” un 17 de julio del lejano año 36 del pasado siglo.
Gravísimo error y de alcance tomar venganza contra la historia porque desposeer a Melilla de su memoria acabará por dejar la Plaza a los pies de los caballos.
Y Franco, comandante legionario, guste o no, estará para la eternidad unido a la ciudad.

Cierto que no siempre fue española, tan cierto como que jamás ha sido marroquí.
Melilla siempre estuvo ahí: faro singular del Mediterráneo, por sus blancas piedras asentaron sus reales fenicios, romanos, árabes en su camino a Hispania, portugueses, y castellanos al fin.
Dicen que Fernando el Católico la cambió al rey Juan de Portugal por ceder la conquista del Brasil, tanto se la deseaba.

Rusadir fue por fin España al poco de acabar la Reconquista y la defendimos siempre con el mismo empeño que se puso en cualquier villa peninsular: con uñas y dientes.
Al día siguiente de la Inmaculada comenzó el Sitio de Melilla.
Corría el año de 1774 y el Sultán de Marruecos Mohammed III, aliado con el inglés y mercenarios argelinos, se las prometía felices.
El rey de España había reforzado las fortificaciones y armado de artillería, para la defensa puso al frente al Brigadier Juan Sherlock, militar de origen irlandés… ciertamente nunca nos ha faltado sentido del humor, ni siquiera para morir.
Tres largos meses resistió Melilla, tres largos meses en que toda España contuvo el aliento. Tres largos meses en que el moro y el inglés, aburridos, terminaron por hacer las maletas y dejar la villa por imposible.
3.250 soldados habían resistido a una fuerza de 40.000 hombres.
12.000 proyectiles a lo largo de 100 días cayeron sobre la ciudad, la población civil vivió el sitio refugiada en cuevas.
El día de san José de 1775 Sherlock y El Gazel se reunieron, el representante del Sultán “deseaba mantener relaciones de amistad con España y reanudar el comercio”.
Melilla había resistido.

Muchos años después, en 1921 y en plena Guerra del Rif, un general ansioso por satisfacer a Alfonso el XIII, un rey que gustaba de jugar a los soldaditos, metió a su ejército en un lío que en buena lógica militar debería haber tenido consecuencias terribles: Annual.
11.000 soldados españoles (la mayoría de reemplazo) y algunos rifeños leales fueron muertos, incluido el propio general Fernández Silvestre, y los cadáveres abandonados cual despojos en Monte Arruit hasta que meses después fueran enterrados dignamente por tropas españolas.
La mayoría de ellos ni siquiera cayeron en combate: una vez rendidos fueron degollados sin compasión por las tropas de Abd el Krim, que sin demora puso a su ejército rumbo a Melilla.
Notificado el comandante Franco de inmediato puso a sus legionarios en marcha para la defensa de la ciudad.
Recorrieron a pie, pertrechos y armamento a hombros, 100 kilómetros en 30 horas, y ¡una vez más! Melilla resistió.

Y es a esos soldados encarnados en la figura de su comandante a los que hoy, con la necesaria complicidad del PP, la vergonzante izquierda española niega el pan y la sal.
Porque Melilla es mi tierra española, blasonada por vino de Jerez y vinillo de Rioja, que si de otra manera fuere disfrutaría viendo cómo el viejo anhelo del moro se cumple: pasar a cuchillo a los moradores melillenses.

LARREA  FEB/2021

 

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