¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!

 

Nunca he sido derrotista. Siempre he despreciado a quienes, haciendo un análisis forzado de la situación, han pretendido, con ese derrotismo, eludir sus responsabilidades enmascarando así una clara y estruendosa falta de valor para enderezar el camino.

Siempre he lamentado que la cruda realidad se haya impuesto, dándome la razón, a mis vaticinios acerca del alcance de los efectos de la deriva de la situación política. ¡Ojalá me hubiera equivocado en mis consideraciones!. Preferiría mil veces haber quedado como agorero antes que llevar razón.

Seguro que muchos de vosotros habéis tenido a veces esa sensación agridulce, más agria que dulce, cuando se comprueba que vuestros peores temores se están cumpliendo.

Cuando nos echamos a la arena de la lucha política en los años 70/80 del siglo pasado quienes entonces éramos jóvenes, lo hicimos por un impulso irrefrenable, sin duda producto de la exigua edad, y además por un convencimiento ideológico de que España necesitaba de nosotros. Y luchamos por mantener una España unida, ordenada y justa en lo social frente a quienes no les bastaba o detestaban eso y aspiraban a cambiarlo todo porque sí, y peleaban por una España “unida” pero con posibilidades de ser desunida, con la famosa Nación de nacionalidades, “ordenada” pero con posibilidades de llegar al desorden, apelando a la libertad de expresión, de reunión y de manifestación, y “justa en lo social” pero introduciendo reformas que iban dirigidas, en aras a la libertad, en sentido opuesto a la justicia social. En definitiva, los adversarios de la España que nosotros ansiábamos introdujeron el relativismo en todos los ámbitos de la vida política y social.

Acordémonos de las primeras frases del Discurso de la Comedia cuando tras el escueto gracias del orador principal, nos decía aquello de “Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad”. Clarividente visión de José-Antonio, síntesis de la contradicción entre el mundo tradicional y la visión relativista del mundo “moderno”.
Pero claro, eso tenía un techo. Conseguidas por los relativistas (marxistas y liberales) las autonomías, derivadas de ellas las competencias en educación, escuelas de pensamiento separatista desde hace más de treinta años, antesala de lo que hoy “disfrutamos”, y con lo que quedaba amenazada la Unidad Nacional, conseguida la integración de España en instancias supranacionales (Unión Europea y OTAN), con lo que quedaba comprometida la independencia nacional, y desarticulado el entramado de empresas públicas, tales como las de la siderurgia, electricidad, telefonía y tantas otras, vendidas a precio de saldo a interesados postores, con lo que quedaba comprometida la economía nacional y la justicia social, solo les quedaba para profundizar en la destrucción de España, arrancar el alma y el espíritu nacionales para privar de toda posibilidad de reacción al pueblo español en defensa de su misma esencia y de sus legítimos intereses.

Nuevas escenas y frentes de lucha se han abierto desde hace un tiempo, inimaginables hace treinta años. España, sin ejército nacional digno de tal nombre, sin Policía Nacional operativa en Cataluña y Vascongadas, donde han sido sustituídas por fuerzas de seguridad antiespañolas, se enfrenta ahora ante los ojos atónitos de los españoles (de Cataluña y del resto de España) a un desafío en toda regla tendente a la separación de España de una importante parte de ella. Todo parece apuntar a que cuentan con el beneplácito de quienes de verdad gobiernan el mundo. Todo parece apuntar a que el gobierno español lacayo de sus amos no hará nada por evitarlo e igual que España un día se acostó monárquica y se despertó republicana (dicho sea sin especial preferencia por una u otra forma de Estado, objeto de otros debates), ahora un día cada vez más cercano nos acostaremos enteros y nos despertaremos mutilados. Y aquí paz y allá gloria. Doloroso pero, si no me equivoco, cierto.

Tan lejos como el próximo día 27 de septiembre de 2015, fecha fijada para la celebración de elecciones autonómicas en Cataluña, y de cumplirse los pronósticos de victoria de los separatistas en unas elecciones que ellos llaman plebiscitarias, va a comenzar la “desconexión” de España ante los ojos atónitos de propios y extraños, ante la impotencia de quienes consideramos el separatismo como “un crimen que nunca perdonaremos” pero que por nuestra inoperancia somos incapaces de dar cumplida respuesta, y ante la cobardía de quienes, teniendo la obligación de impedirlo, ya deben estar negociando las condiciones de esa “desconexión”.

Pero aquí no acaba todo. El centro del mundo (léase Israel) ha decidido aligerar la presión a su alrededor y para ello ordenó en su día a su satélite americano la destrucción de diversas naciones soberanas, Afganistán, Irak, Libia, Egipto, y si no la total destrucción, sí la eliminación de sus gobernantes a al menos el caos mediante la provocación de guerras pretendidamente internas. El último caso ha sido la guerra en Siria, creando y/o financiando un ejército islamista que pusiera en solfa al lider y a la nación siria. Así llevamos cuatro años de guerra que, sin el apoyo táctico y económico de los instigadores hace tiempo que hubiera terminado.

Y consecuencia de lo anterior es la diáspora provocada, ayudada, y me atrevería a decir que financiada, de centenares de miles de musulmanes de variada procedencia, entre los que sin duda están los partidarios de la interpretación dura del Islam, yihadistas. Diáspora que no emprende el lógico camino hacia naciones hermanas, sino, contra toda lógica, es dirigida hacia Europa, con la finalidad no de procurarse un mejor medio de vida a costa de las naciones de acogida, no de invadir lisa y llanamente esas naciones, que también, sino con la finalidad última de sustituir la exigua población autóctona europea, -mermada por el aborto, las políticas de contención de la natalidad y de escasas ayudas a las familias con numerosos hijos-, por las variadas etnias, pueblos, tribus y creencias que siguen entrando a miles día tras día saltándose todas las leyes y reglamentos nacionales sobre inmigración en aras a pretendidas políticas mundiales de “derechos humanos”. Y tras esos miles, ya están esperando a entrar millones. El caos, el desorden y la impotencia pronto se apoderará de Europa. Y el terror también.

Si a ello unimos la falta de una espiritualidad de los pueblos europeos a prueba de todo lo que se nos avecina, sin duda producto del relativismo a que antes hacíamos mención, la sensación que le queda a uno es de tristeza profunda, de rabia, indignación, impotencia y desesperanza.

¿Postura derrotista?. Ya he dicho antes lo que pienso del derrotismo. Ojalá me equivoque y las apreciaciones que contiene éste escrito no se cumplan. Ojalá quien tiene la obligación de enderezar la situación descrita cumpla con lo que le incumbe. Ojalá no nos falte el valor, el genio de España resurja y el pueblo español se organice y ponga remedio.

Mientras tanto, de no ser así, la tozuda realidad se hará fuerte, cundirá el desánimo y echaremos a correr al grito de : ¡Sálvese quien pueda!. Arma al brazo y en lo alto las estrellas, por supuesto.

LLACER
SEP. 2015

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