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EL SEÑOR ¿TOMARÁ CAFÉ O CAPUCHINO?

Una mañanita, soleada y primaveral, el diario falangista ARRIBA se despachaba con un editorial donde ponía de chupa de dómine a los Capuchinos en particular y a la curia en general.
Simultáneamente, un panfleto sin rúbrica ni firma alguna, pero que fue repartido por toda Barcelona por jóvenes ataviados de azul mahón, certificaba un desencuentro que hacía años era vox populi: el de la Falange con las sacristías.
El texto que hacía referencia directa al convento Capuchino de Sarría, decía así:
“Caputxin’s Night Club. El local más ‘fresco’ de Barcelona. Abierto toda la noche. El gran show progresista separatista que presenta la orquesta Penca d’Or y la comunidad de los barbudos descalzos. Si es usted católico despistado, ríase, diviértase y páselo bien. El local más asquerosamente famoso de Barcelona. Caputxin’s Night Club. 70 hermosas barbas 70 “
Corría el año de 1966 y aquella España católica y bienpensante que crecía al 7%, -muy por encima de la media europea- con tasas de desempleo insignificantes, balanza de pagos favorable y un futuro económico prometedor, se quedaba boquiabierta ante el espectáculo de los grises flagelando una manifestación de ensotanados.
¿Qué había pasado?.
Antes de contarlo, llamar la atención del lector acerca de algunos términos que ya por aquel entonces y a modo de advertencia eran empleados por los activistas azules, y que hoy se han enseñoreado de la vida pública: “barbudo” (sinónimo de zurdo), “progresista” y “separatista”.
Yo apenas contaba con 5 tiernos añitos cuando sucedieron los hechos y evidentemente, no los recuerdo. Pero, a servidor, que es muy de pueblo, sí le alcanza la memoria de la niñez, y recuerdo perfectamente que mientras en las ciudades todos los estragos de la furia roja de 30 años atrás habían quedado restaurados, cuando entrabas en alguna ermita o iglesia rural aún se podía oler a humo y percibir -por los pedestales vacíos- la ausencia de imágenes que fueron o bien robadas, o bien vejadas y destruidas.
En aquel país que había luchado -y vencido- por superar la hambruna, la posguerra y olvidar los traumas del enfrentamiento civil, los que más pronto se entregaron decididamente al olvido selectivo fueron los siervos de la Iglesia.
Y lo hicieron con sospechoso tesón.
El 9 de marzo de 1966 el SDEUB, una organización clandestina antifranquista, convocó una reunión en el convento de Capuchinos de Sarriá, con el objetivo de aprobar sus estatutos fundacionales.
Bajo la dirección de dos sa-cerdotes capuchinos, la asamblea contó con la presencia de media docena de periodistas, aproximádamente unos 500 estudiantes, y la participación de las más notables figuras del separatismo y del comunismo de la época: Xirinacs, Aurelia Capmany, Solé Tura, Obiols, Benet, Montserrat Roig, Manuel Sacristán, Trias de Ves… así hasta 33, que no deja de ser un detalle curioso el número en cuestión.
Enterada la policía de la reunión, se personó -como no podía ser de otra forma- y rodeó el edificio, se cortaron las comunicaciones y se requirió la salida de los asistentes.
No salió nadie.
La comunidad capuchina distribuyó mantas y alimentos durante dos días consecutivos a los “sitiados”.
El 11 de marzo la policía entró por ayudar a decidirse a los allí enclaustrados. Trasladados todos a comisaría y tras quedar identificados, fueron puestos en libertad.
Pero, la cosa no quedó ahí y las protestas por la interrupción del acto marxista-separatista se prolongaron en la universidad durante varias semanas hasta que el 26 de abril el Rector llama a la policía para disolver una asamblea. La actuación se zanja con la clausura temporal del centro universitario y el arresto de varios estudiantes.
Y hete aquí que de nuevo aparece la curia, y ante la puerta de la Catedral imbuidos tal vez por el espíritu de Lutero, declaman un manifiesto de protesta por la intervención policial exigiendo que a los detenidos se les diese un trato conforme con la encíclica Pacem in terris.
Posteriormente y envalentonados, numerosos sa-cerdotes vestidos de reglamentaria sotana se dirigen a la jefatura de policía y exigen hablar con el Comisario.
Lógicamente, no se les hizo ni puñetero caso. Instados a disolverse y ante la negativa, el oficial de guardia da la orden de carga, produciéndose el inaudito espectáculo de un grupo de ensotanados corriendo a palos delante de los grises.
Y, de aquellos polvos, estos lodos.
Viendo las consecuencias de aquellas ceremonias religiosas, amigo lector: usted qué es más, ¿de CAFE o de Capuchino?.
LARREA    AB/2019
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