SEPARATISMO, TOXICOMANÍA SOCIAL ERRADICABLE

 

Hace cuarenta años la práctica totalidad de los varones españoles fumaba. No hay más que repasar las imágenes que las cámaras de televisión tomaron en el interior del Congreso de los Diputados durante la jornada del 23F. Los ministros desde el banco azul se volvían a los escaños de detrás para pedir fuego. Los guardias civiles compartían el tabaco con los diputados. Desde los años de la guerra civil, un cigarrillo, en España, no se le negaba ni al peor enemigo. Valga como botón de muestra el testimonio del hijo de Joaquín Ataz Hernández, dirigente de la UGT de Murcia, y miembro del Tribunal Especial Popuar que condenó a muerte a Federico Servet, jefe de la Falange murciana. Relata el hijo de Ataz que su padre conocía a Federico desde que eran muchachos, casi niños. No eran amigos, pero se caían bien y se respetaban. Por ello, cuando terminó el juicio, Joaquín Ataz se acercó al que acababa de votar su muerte y empezó a decirle: “Federico, lo siento mucho…” Sin dejarle terminar, Federico le interrumpió: “No te preocupes, Joaquín, yo hubiera hecho lo mismo contigo, dame un cigarro”. En los años 70 y 80 la mujer se incorporó, ya de forma masiva, al fumeteo y los que éramos jóvenes en aquellos años recordamos cómo las chicas de nuestras pandillas, desde 8º de EGB o 1º de BUP, gastaban cajetillas del femenino Fortuna, frente al masculino y negro Ducados, el aventurero Camel, o el pijo Marlboro de los más pudientes.

El Estado, por razones de salud pública, o por motivos económicos -el gasto sanitario en patologías derivadas del tabaquismo llegó a ser gigantesco, según decían- decidió, llegado un punto, que podemos situar, si la memoria no me falla, entre finales de los 80 y principios de los 90, acabar con el tabaco. Comenzaron por restringir la publicidad, añadir mensajes cada vez más directos y alarmantes sobre los riesgos del consumo, incrementar paulatinamente los impuestos hasta convertir la compra de un paquete de tabaco en un lujo asiático –provocando incluso que retornara la ya perdida costumbre de liar cigarrillos-. Se fue prohibiendo progresivamente fumar en centros públicos, primero; en cines y teatros, después; en bares y restaurantes, logro histórico de ZP que personalmente es lo único que creo que hizo bien; y ya por último incluso en espacios públicos abiertos está vedado fumar. La propaganda ha sido muy intensa, y la normativa legal persecutoria en extremo, con fuertes sanciones para empresarios, especialmente hosteleros. Todo ello, unido a la potenciación de la cultura del aspecto físico, el culto al cuerpo, y la entronización a los altares del deporte y la salud, prácticamente han conseguido erradicar el consumo de tabaco entre las generaciones jóvenes, y dentro de poco, el tabaquismo, ya considerado hoy una adicción en el mismo nivel que el alcoholismo o la toxicomanía, será historia.

¿A qué viene todo esto? La enseñanza es que cuando el Estado se propone resolver un problema, erradicar una costumbre, eliminar una actividad social,… lo consigue. Sólo es cuestión de dinero y de tiempo.

Esa máxima es trasladable, desde luego, al ámbito de las ideas políticas. Es posible eliminar el separatismo, erradicarlo de una vez por todas de la Historia. Para ello se necesita consenso en la clase dirigente y determinación política. Pero, previo a ello, es preciso que se extienda mayoritariamente en el cuerpo social (y especialmente en el cuerpo electoral), la idea, hecha dogma, de que el secesionismo es una patología social, una enfermedad colectiva de tipo adictivo y destructivo, con caracteres epidemiológicos, que debe ser erradicada, como en su día tuvieron que ser eliminadas la viruela, la lepra, o la poliomelitis, o contra las que se sigue combatiendo hoy día, como el SIDA o la Hepatitis C. En este terreno, de la denuncia y la difusión de la idea, es importante la actuación de las minorías disidentes y los pequeños grupos de resistencia cultural, como lo es ACIMJI a través de su órgano de expresión El Cadenazo.

Francisco Artero Montalván

 

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