EL SEPARATISMO ES UNA PELI DE MAFIOSOS

pujol el padrino

Los trileros que diseñaron aquel gran timo que se llamó Transición idearon un ingenioso sistema para permanecer en el poder. Con las bendiciones y patrocinio, naturalmente, de todas las logias, mercados comunes y bilderbergs usurocráticos como Kalergi manda.

Gracias al control de los medios de comunicación y al borreguismo de la clase media española, este sistema ha dado jugosos beneficios a sus creadores a costa de convertir España en un puzzle burocrático, de privatizar las grandes empresas públicas y de cargarse todos los avances sociales conseguidos en la época de Franco.

Una de las piezas clave en la tramoya que permitiría repartirse España como una tarta era contentar a las oligarquías vascas y catalanas -tradicionalmente antiespañolas en su egoísmo burgués- a cambio de garantizarles una parte sustanciosa del pastel.

Como en una película de Coppola, los capos de las diversas familias firmaron un acuerdo: los pactos de la Moncloa. En virtud de los mismos, los Corleone peperos (entonces ucederos) y los Tattaglia pesoeros se repartieron el pastel con el apoyo de las bandas periféricas: La Cosa Nostra peneuvera y la Camorra catalanista.

A cambio de toda clase de concesiones, prebendas y bajadas de bragas por parte del Gobierno de España, las fuerzas de la burguesía periférica se comprometían a mantener a raya a las presuntamente nutridas y aguerridas huestes separatistas.

Como principal baza, argumento y medida de presión en el caso vasco estaba la banda asesina ETA que ya había servido en 1973 como brazo ejecutor en el asesinato de Carrero Blanco y que, para mantener la hegemonía peneuvera en las provincias vascas, asesinaba a cientos de inocentes todos los años.

Mientras las víctimas fueron militares y policías, los gobiernos democráticos y de derecho tampoco es que se inquietasen mucho. Cuando empezaron a matar concejales la cosa cambió y entonces negociaron una “tregua”. La tregua consistió básicamente en sentar a los asesinos en ayuntamientos vascos y navarros.

En el caso catalán, en la mejor tradición de la patronal barcelonesa, también hubo bandas de pistoleros. Se llamaron Terra Lliure y asesinaron cuando hubo que negociar concesiones para la flamante autonomía.

Pronto dejaron de hacer falta porque los sucesivos gobiernos ucederos, pesoeros y peperos colmaron de competencias, diezmos, felaciones y besahuevos a la banda del capo Jordi Pujol.

A cambio de estos favores, la “famiglia” catalanista apoyaba a los caciques de Moncloa independientemente de su color.

Una ley electoral trucada con el birlibirloque D´Hont  -trampa digna de Fu Manchú- permitió a estos marrajos perpetuarse en el poder durante décadas. Sus jefes -los de verdad: polancos, botines, koplowitz y similares- no tenían que hacer demasiados cambios en la nómina de sus lacayos para seguir controlando el negocio.

Pero, como pasa siempre en las pelis de mafiosos, la ambición desmedida hace que se joda el invento.

El Padrino Pujol robó más de la cuenta y sus escándalos hicieron perder el poder a su familia en la taifa catalana. El vacío de poder fue llenado con el ascenso de otras bandas más asilvestradas en su sectarismo separatista.
Sus huestes han sido adoctrinadas durante cuarenta años en el odio a España que, gracias a la generosa financiación autonómica y central, se difunde en Cataluña desde periódicos, teles, aulas, guarderías y púlpitos.

Afortunadamente, la cabaña de militantes separatistas está más cerca de la troupe de payasos que de la partida de guerrilleros.

El espectáculo de sus cabecillas huyendo a retiros dorados en Europa tras su intentona del 1 de octubre o el de los gilipollas que se visten de mamarracho y, con sus lazos amarillos y su victimismo impostado, hacen el ridículo por las calles catalanas, los sitúa más cerca de la charlotada que de la rebelión trágica.

No obstante, como lo que hay en la Moncloa es otra cuadrilla de payasos aún más patéticos y cobardes, lo más heroico que se puede esperar si llega la hora de batirse el cobre por la unidad de España es una pelea de almohadas.

Y lo peor es que, al contrario que en las pelis de mafiosos, no se vislumbra la posibilidad de que llegue un Elliot Ness a meter en vereda a esta chusma.

Y si llegase, lo procesarían por delito de odio.

J.L. Antonaya

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