SIEMPRE PRESENTE

Ernesto Giménez Caballero en su libro Retratos españoles (Bastante parecidos) titulado ‘José Antonio, el Mártir’.

(…) Yo no sabía entonces que cuando los pueblos quieren salvarse, desde las más remotas culturas, se busca “un arquetipo o héroe” “para un ‘asesinato primordial’ que regenere lo que se estaba muriendo”. Por eso las juventudes no se mueven con discursos, sino con sangre y ejemplaridad. “¡Ecce José Antonio!” Le tenía tan cerca aquella mañana que casi bajo su brazo sentía palpitarle el corazón.

-José Antonio, ¿no notas que tu presencia hace nuevas estas calles viejísimas de Valladolid?

José Antonio se sonrió y yo proseguí:

-Nunca sabrán en América ni en Rusia lo que una milenaria ciudad de Europa con solera conserva de juventud inagotable. Y siempre se engañan respecto a Europa, jamás vencida cuando más vencida parece.

José Antonio se detuvo un instante. Me miró soltándose de mi brazo. Pero en seguida me volvió a coger, ordenándome con gran dulzura, mientras reanudábamos la marcha:

-Sigue. Me interesa lo que dices.

Y yo seguí:

-Mira. Ése es Santiago, el símbolo de todos los resucitamientos españoles. En esa parroquia hay un Cristo que se llama de la Luz. Pero con tal luz de juventud que más que muerto parece resucitado, como si su sacrificio no fuera morir… ¡Quién de nosotros pudiera imitarle! ¡Sabiendo que la muerte es la salvación de todos los demás, de todos los cobardes y viles y los débiles, de los que no se atrevieron, de los que no sospecharon la existencia de un sábado de gloria!

Sentí a José Antonio estremecerse. Y proseguí:

-Creo que en la iglesia hubo también un Della Robbia, el florentino. Esta ciudad es muy romana, muy renacentista dentro de su goticismo ario. Esta ciudad es más tuya que Madrid, José Antonio… Tu figura la veo encuadrada en esta ciudad como en ninguna otra de España. Es la ciudad de la unidad, del imperio y también de los caudillos como aquel gran don Álvaro de Luna, el precursor, que murió traicionado como tu padre…

Alguien vino por José Antonio. Y ya no me le acerqué hasta después del mitin en el Calderón, junto a Alvargonzález, que le habían dado un balazo en el muslo. Mientras sonaban los tiros a la salida del mitin, yo miraba arder de resurrección a Valladolid. No me había engañado. Bastaron unas palabras de José Antonio, con dureza de arado que rotura la tierra seca, para que creciera el grano de que hablara fray Luis “y se aumentase a millares el fruto deseado”.

(…) José Antonio miraría a lo lejos su Madrid perdido. Y su Valladolid ¡renacido! (Y el Cristo de la Luz en Santiago el Viejo ofreciendo su Cuerpo joven –los mismos años de José Antonio- al sacrificio redentor.) Había caído ya Onésimo. Y Ramiro. Y Julio. Y, al fin, José.

¿Sabe Valladolid hoy lo que se cierne sobre España? ¿Y que no es una catástrofe a lo 36, sino que el Pisuerga puede convertirse en el Leteo, el río del olvido? En que se vaya poco a poco borrando el nombre de España. Por eso la otra mañana me fui a Valladolid a la vieja calle de Santiago. Y quise de nuevo ¡agarrarme a José Antonio! Para sentirle cerca, angustiadamente cerca, ¡José Antonio el Mártir!

(…) Desde luego quienes fusilaron a José Antonio prestaron un máximo servicio a algo más allá de José Antonio y de Franco: a una España nueva y trascendental que reveló su entierro a hombros de millares y millares de juventudes españolas desde Alicante a El Escorial. Para ser sepultado bajo el altar mayor del templo y sobre el panteón de los pasados dinastas españoles. ¿Pudo darse mayor revolución?

José Antonio llegó con ese entierro escurialense a Mártir de su pueblo. Y no por proceder, como sus coetáneos fascistas, de lo social, de lo marxista –tal el Duce, tal el Führer y hoy un Walesa en Polonia-, ¡sino por encarnar la saga heroica de una “nobleza obliga” como vengador de su padre ante la monarquía que lo liquidó, política y físicamente, en el destierro!

¡Aquel entierro de José Antonio! Que la España del 20 de noviembre de 1981 contempló hipnotizada en La Clave de TVE, resultando, así, la clave de todo cuanto se vio y discutió tal noche.

La de entronizar una nueva dinastía social, juvenil, revolucionaria, en aquel Escorial de las estirpes ya consuntas, obligando a que el Victorioso de la guerra: Franco, le saludara con un ¡presente! como a un héroe que ya no podía morir, entrando en la eternidad. Al mismo tiempo que le ofrecía levantar otro nuevo Escorial revolucionario y social, donde el propio Franco, como colaborador suyo, se le uniría en una sola tumba emblemática de todos los caídos, y que vendría a ser para España lo que aquella de un Lenin, en Moscú, frente a las periclitadas de los antiguos zares.

Ese Escorial (como tumba de dinastías, que se dio en todas las culturas desde las prehistóricas), y que en España, al fin definitivo, lo erige Felipe II para acabar con los enterramientos reales, dispersos por toda la Península en la Reconquista desde el de Pelayo, en Santa Eulalia de Abamia, hasta los de Isabel y Fernando en Granada.

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