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SIGLO XXI: LA EDAD DE LOS PRODIGIOS

La vida es hermosa ¡qué caramba!, porque incluso cuando crees que ya lo has visto todo… la luz cambiante de un atardecer, unas piernas interminables que un airecillo cómplice descubre oportunamente o reconocer la alegría en la sonrisa de un niño cuando hacía tiempo que la habías olvidado, son pequeños detalles cotidianos que te reconcilian con la existencia.

¡O como los prodigios inesperados! que te llevan a tal éxtasis espiritual que estás a puntito de levantarte palmo y medio sobre el suelo como la Santa de Ávila.

Ayer fui testigo, no de uno, ¡sino de dos! y, oigan: gratis, que es asunto destacable en estos días en que vamos a pagar hasta por circular en la comarcal Albacete-La Roda.

El primero en la tele, y el postrero en mi misma ciudad, para que luego digan que Valencia es aburrida en agosto.

Vayamos con el que hace uno: dentro del serial del verano (Vicisitudes y Andanzas de un Barco Negrero) emitido por todas las cadenas simultáneamente, el periodista destacado informa de una situación terminal de los pasajeros, con ínfulas de motín. Dentro del caos presentado o representado -que tanto da- una escena escalofriante domina cualquier plano secundario: una mujer negra presa de una especie de ataque nervioso, convulso e histérico se retuerce entre espumarajos y bilis varias. Junto a ella, un paisano lanza unos cuántos conjuros de budú y la enferma sana milagrosamente y resplandece como la mismísima costa europea.

Plas, plas, plas.

Sí esta historia no les ha parecido lo suficientemente prodigiosa, párense en la siguiente:

Valencia, hora punta en el llamado atinadamente “Semáforo de Europa”, un grupo de pedigüeños de nacionalidad imposible de diagnosticar, formado por tres individuos con uno de ellos postrado sobre silla de ruedas, asalta las lunas de los coches con dos de los mendas habilitados con trapo tiñoso en una mano y flit de agua turbia en la otra, y el parala parando el cazo.

Comoquiera que el punto no les convenía para el negocio porque la gente que sale lo hace con el vehículo en perfecto estado de revista, deciden cambiarse al lado contrario. Y empiezan a cruzar el semáforo sin valorar que distancia y tiempo se habían distanciado peligrosamente.

A mitad paso de cebra, al parala se le vuela la gorra y el que servil empujaba sale corriendo tras de ella (digo yo que sería de marca fardona) dejando carrito y usuario a merced del inminente verde del semáforo que da entrada a los coches iracundos que salen de la autopista.

El parala que se da cuenta, se levanta prodigiosamente de la silla y comienza a empujarla como si del mismísimo Ben Johnson se tratara.

“Milagro, milagro” gritaron al unísono los atónitos espectadores de tan magno prodigio acaecido ayer en mi propia ciudad y a mediodía de luz.

Y ahora díganme… con semejantes prodigios ¿cómo no voy a dar una pequeña parte de mi sueldecito para ayudar a estos desesperados?.

The show must go on

LARREA   AG/2019

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