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SOBRE LAS REVOLUCIONES Y NUEVAS COALICIONES

Es un hecho evidente que Europa vive una época convulsa. Vivimos una época difícil… somos, según no pocos pensadores, una sociedad de transición. Lo comparto sin duda y me explico:

La nuestra es una época de miedo y de crisis, miedo como consecuencia natural de ser testigos de cómo poco a poco el mundo que habíamos conocido desaparece, los pilares que fueron  fundamentales para nuestros antecesores han perdido solidez, las instituciones edificadas sobre ellos, son severamente sacudidas y se tambalean cada vez más.

Vemos aparecer un mundo nuevo, totalmente opuesto al nuestro, donde todo lo que amábamos, es sustituido por un tipo de sociedad totalmente degenerada y decadente.

Es de todos conocido el hecho de que la decadencia es la única enfermedad que se ve a ella misma como virtud. Así pues, este auténtico estercolero se nos presenta como el verdadero secreto hacia la felicidad terrena, progreso le llaman…

Este progreso, entre otras muchas cosas, quiere conseguir destruir los principios naturales que rigen la vida de las sociedades humanas, cada una dentro de su propia idiosincrasia, dicho sea de paso, conscientes de que así destruyen también dichas sociedades humanas.

Pues bien, este proceso, lejos de como algún neófito rezagado afirma y cree, no es fruto de la casualidad, ni tampoco de una evolución natural de las sociedades avanzadas, sino que, y esto es una afirmación personal, es fruto de un plan estratégicamente trazado, un plan pergeñado hasta el más ínfimo de sus detalles.

No es cuestión, ni mi intención, en estas líneas crear un debate para dilucidar quién, cuándo y por qué.

El hecho empírico e irrefutable es que es así, como también lo es el hecho de que esto sucederá sí o sí. La cuestión es si los europeos nos resignaremos u opondremos resistencia, o utilizando un lenguaje más coloquial, si tragaremos por las buenas o por las malas.

Bien, la naturaleza es tozuda y la historia de los últimos siglos esclarecedora y aunque muchas plañideras pacifistas, carentes de todo espíritu combatido, dan por perdida la batalla, incluso antes de iniciarla, es evidente y definitivo que sí opondremos resistencia, de hecho, ya empezó.

A la luz de lo acontecido en Europa en los últimos años podemos observar como en países relativamente inmunes al “progreso” antes mencionado, se oponen a las políticas suicidas y criminales de la mal llamada Unión Europea. Otros países en que estas políticas están haciendo estragos, tímidamente intentan imitar a sus vecinos del Este; bueno, brotes verdes que dirían algunos…

Pero… ¿quién está detrás de estos partidos denominados eufemísticamente “euroescépticos”? ¿Quiénes los componen? Y lo más importante, ¿quién los financia y les da voz?

No alberguemos grandes esperanzas ni esperemos grandes milagros, pues esos países también sufren a sus Vargas Llosa y sus Josep Borrell de turno.

Pero… ¿y España?. España llegó después… sí, 40 años después, y como es natural  la enfermedad terminal que asola Europa no ha gangrenado aún la península, por lo menos como a niveles de Suecia o Francia, por poner un ejemplo. Aunque nuestros “europeístas” se encargan, como buen alumno aplicado, de ponernos al día, apretando el acelerador o la soga, según se mire. Apoyados, eso sí,  calurosamente por sus hipnotizados votantes, asesinos de su propia existencia, que dirían algunos. Estos indigentes intelectuales al servicio de sus amos, lejos de aprovechar esta ventana abierta hacia el futuro, que representa Europa, para no cometer los mismos errores que nuestros “aliados europeos”, nos empujan hacia el mismo  abismo en el que se han precipitado el resto. Sin duda esta ventaja la aprovecharía cualquier estadista consciente y soberano de sus actos, pero ya sabemos que los parásitos que ocupan las instituciones de este estado, ni son soberanos de sus actos ni mucho menos son estadistas.

Al grano, gran esperanza y expectación ha despertado la nueva coalición nacionalista española, me niego a llamarlos “euroescépticos”, y mal hacen en autodenominarse así, es mi opinión.

Una de las mentes más lúcidas que ha dado Europa en los últimos siglos, dijo una vez sabiamente, que en la vida de los pueblos no puede haber grandes revoluciones si no hay absoluta necesidad de ellas.

Solo es necesario salir a la calle y comprobaremos que el pueblo español dista años luz de tener dicha consciencia.

Las masas, y en especial la latina, como Gustave le Von demuestra, actúa por impulsos, y a los españoles, mientras no les mueva ese impulso, continuarán emboscados en su caña, su tapa y su fútbol. Bien es cierto que, inconscientemente la gran masa sabe que este camino por el que se discurre no es el bueno, pero la inercia y la presión de esa misma masa impide desviarse y recobrar el buen camino.

En España no existe aún el caldo de cultivo, masa acrítica dirían otros, para conseguir los avances que se consiguen en otras naciones. No han sido reivindicaciones sociales ni económicas las que han hecho reaccionar a los europeos, tampoco morales pues este tipo de crisis no la sienten más que unos pocos. Ha sido sin duda el miedo por su propia integridad  física y el hecho de ver peligrar su propia existencia, la que les ha hecho reaccionar y es ahí donde verdaderamente está la clave.

Aunque a todos nos gustaría un rotundo éxito de dicha coalición, me temo que todavía queda mucha sangre por derramar en las calles de España, como por desgracia ocurre ya en el resto de Europa, para que nuestros aborregados compatriotas tomen conciencia de lo que ocurre ante sus propias narices.

CARPETOVETÓNICO

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