“SOLOS CONTRA TODOS” (EN MEMORIA DE LOS NIÑOS DE ACCA LARENTIA)

7 de enero de 1978. Las saetas del reloj estaban a punto de alinearse, perfectas, con las primeras sombras del lánguido crepúsculo invernal de la ciudad eterna.
Tocando las 6, Franco despasó los cerrojos y giró la llave que aseguraba la voluminosa puerta blindada, reglamentaria en todos los locales Misinos. Salió del local el primero, con el resto de sus camaradas pegados a sus talones. La noche anterior habían estado empapelando desde Celio hasta Trastevere, desde Monti hasta Trevi todos los barrios romanos con carteles que anunciaban el concierto de Gli Amici del Vento y ahora se dirigían a disfrutar de las canciones y el ambiente de ilusión y camaradería que se generaba en torno a la música del inolvidable Carlo Venturino y su grupo.
La muerte llega inadvertida, y cuando los muchachos escuchan las denotaciones ya Franco Bigonzetti yace abatido sobre el suelo, una segunda ráfaga alcanza a Vincenzo Segneri y a Francesco Ciavatta. El segundo busca desesperadamente refugio entre la pared y un automóvil próximo, allí es perseguido y rematado como un perro. Vincenzo -herido de gravedad- logra volver a introducirse en el local y bloquear la puerta. Es el único de los tres que salvaría la vida.
La noticia del atentado corre como la pólvora en todos los ambientes neofascistas romanos y en unas horas la recoleta placita que albergaba la sede del MSI es tomada por cientos de jóvenes. Se depositan flores y coronas sobre la sangre aún fresca de Franco y Francesco, pasan las horas y circula la noticia de la reivindicación del atentado por parte de un grupo comunista desconocido. Periodistas y fotógrafos conversan entre ellos ajenos al dolor de los jóvenes. La tensión crece a medida que pasa el tiempo proporcionalmente a la indignación de los escuadristas y la policía toma posiciones.
En un momento dado, uno de los periodistas deja caer una colilla sobre la sangre de Bigonzetti y se desatan los infiernos. El capitán de Carabineri, Eduardo Sivori saca su arma y descerraja un tiro a bocajarro sobre la cabeza de Stefano Recchioni.
Es el tercer mártir.
Sivori saldría exculpado de aquel asesinato y en las manifestaciones de protesta de los Misinos moriría abatido por la policía Alberto Giaquinto, otro camarada de 17 años. Es el cuarto mártir de la masacre de Acca Larentia.
Un portavoz del Fronte della Gioventú declararía con posterioridad, “aquel día sentimos verdaderamente la realidad de que estábamos en guerra y nadie nos lo había advertido. Aquel día descubrimos que estábamos solos, contra todos”.
No se puede tener mayor lucidez en tan pocas líneas.
Las cuatro víctimas de aquella monstruosa masacre repartieron sus verdugos a partes iguales: dos para los pistoleros rojos y dos para los pistoleros del Estado.
Del libro SIN REMORDIMIENTO (Ed. Fides 2017)
LARREA  ENERO/2021
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