TABARNIA YA ES UN CHISTE VIEJO

 

En el circo separatista, con sus payasos tontos enjaulados y sus payasos listos saliendo por patas, con esa madama de puticlub porteño disfrazada de monja o esa perroflauta quitándose las liendres para poder entrar en Suiza, todo ha tenido un aire como de astracanada zafia.
Incluso los aspectos más sórdidos y desagradables, como la vomitiva hijoputez de los obispos catalanes, no dejan de tener la gracia siniestra de un regüeldo de humor negro.
Las huestes subnormalizadas del lazo amarillo, con sus ridículas y estridentes exhibiciones, más cercanas al cotolengo que a la manifestación política, invitan al choteo y a la pedorreta.

Es normal que, como reacción a la payasada separata surgiera otra payasada, Tabarnia, que, en su momento, tuvo gracia.
En el circo siniestro de la democracia parlamentaria hay que cambiar de vez en cuando de payasos para que el público no se aburra y, bufón por bufón, es mucho más gracioso Boadella que Rajoy o que Puigdemont, las cosas como son.
Sobre todo al principio, antes de que los cederres mostrasen claramente su agresiva sicopatía y antes de que el cabecilla del pelo ridículo fuese sustituido por un energúmeno fanático con aspecto de psicokiller de serie B.
Pero Tabarnia, como esos chistes que inundan nuestras cuentas de wassap después de que los hayamos visto cientos de veces en Twitter o en Facebook, en lugar de hacer gracia, ya aburre.

Hace unas décadas, a los niños que asistíamos a aquellos espectáculos “cómico-taurino-musicales” que se dieron en llamar charlotadas, -anticipo, símbolo y preludio de lo que sería la política española desde la Transición- lo que menos nos gustaba era el número del “torero serio”, (generalmente un novillero que aprovechaba la concurrencia del espectáculo cómico para mostrar su talento).
Nosotros lo que queríamos era ver a los enanitos y reirnos con sus gracietas y cabriolas.

Los tabarnios son enanitos toreros que han empezado a creerse matadores de verdad. Ya pontifican sobre estrategias, alardean de corrección política y hablan de “transversalidad” y de rechazo a los extremismos como cualquier marrajo parlamentario. Incluso quieren asumir ese oxímoron que otros payasos de nariz empolvada y oportunismo anaranjado llaman “patriotismo constitucional”.
Ya va siendo hora de que alguien les diga que las inofensivas vaquillas de la ganadería del Puchi están dando paso a unos peligrosos mansos cornalones y malintencionados.

Ya no hacen falta enanitos, cabriolas y monerías constitucionales, sino diestros con los cojones en su sitio para manejar el estoque.

J.L. ANTONAYA

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