TALIBANES EN BARBECHO

“No están derrotados; sólo están en barbecho. Esperando su oportunidad -que llegará- para volver.”

Así contestaba allá por 2006, al regresar de mi viaje por Afganistán, a cualquier curioso que me preguntara por los talibanes o por la situación general del país.

Llegué allí desde Pakistán, cruzando el mítico Paso Khyber, recreándome en la densa historia de aquel paraje, donde me daba el gusto de recordar que allí, entre otros, aquel orgulloso pueblo había hecho morder el polvo a los ingleses; y eso ya me basta para contemplar un paisaje con cierta satisfacción.

Al ser un país sin turismo, pude vivirlo en esa pureza que sólo esa condición puede ofrecer al viajero. Así recorrí las carreteras del norte, de Peshawar hasta Kabul, y de ahí a Mazar i Sharif, entre abruptas montañas y carreteras polvorientas, jalonada la ruta hacia Uzbekistán de incontables tanques rusos, recordatorios de una retirada humillante de los todopoderosos soviéticos. Despúes, a Herat, y de retorno a Kabul, tomando aviones, pues aquel país tan “pacificado” por los aliados no ofrecía más que una seguridad muy relativa, y sólo en una pequeña parte del territorio.

Nunca vi aquel país como territorio conquistado. La soberbia anglosajona sólo puede alimentarse con medios vendidos que propagan las mentiras al servicio del amo anglosionista. Nunca me parecieron derrotados. Ni mujeres sin burka, ni tantos hombres afeitados, ni eclosión de signos occidentalizantes. Los talibanes seguían allí de un modo más o menos encubierto, mientras nuestros ejércitos, lacayos de soberanías oscuras, fingían una labor humanitaria para encubrir una guerra que nunca cesó.

Dicen los amantes de los tópicos que les gusta viajar para conocer nuevas culturas y abrir la mente. No es que eso no contenga cierta verdad. Pero viajar sólo sirve a quien ya lleva los ojos abiertos y no tiene el cerebro embotado por la machacona propaganda que sufrimos los europeos desde hace décadas.

Viajar sirve para constatar que todo lo que nos cuentan es mentira. Como en Perú, Siria, Irán y otros países cuya realidad deformada desmintieron mis sentidos “in situ”, Afganistán se me mostró como la enésima mentira de nuestro podrido y lacayuno sistema.

Afortunadamente, hay mucho más que talibanes en aquella tierra indómita, rebelde e irreductible cual aldea gala. Hay gente hospitalaria y orgullosa; gente que te abre su casa con generosidad, pero cuya mirada altiva te recuerda que nunca debes confundir esa hospitalidad con el más mínimo atisbo de servilismo. Gente que te recuerda orgullosa cómo echaron a los rusos, y cuya historia te advierte de que todo el que les toca las narices sale escaldado.

Sólo me equivoqué en el plazo. Nunca hubiera pensado que tardarían quince años en volver. No hubiera dado un mortadelo por un plazo tan largo.

Porque nunca estuvieron derrotados. Sólo estaban en barbecho.

ASDRÚBAL

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