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EL TOCATA: EL SELECTO CLUB DE LOS 27

“Te dije que soy problemática, sabías que no soy buena”
Amy Winehouse (You know I’m no good)

Parece ser que Kimberly Cobain declaró a un periodista que desde pequeño, su hermano Kurt había querido formar parte del selecto y restringido club de los 27.
A tal fin o tal vez por casualidad, el cantante de Nirvana, estrenando añazos, se agenció una escopeta y esparció sus geniales sesos por el parquet.
Los sajones, siempre tan exagerados y presuntuosos…
En España hubo un tiempo en que se comentaba que los Flores podrían cambiar el nombre de su finca “El lerele” por el de “El matarile”… ¡oiga! y nadie hizo una leyenda de aquello.

Lo cierto es que, entre el 3/7/69 y el 3/7/71 Brian Jones, Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison partieron hacia las praderas donde la hierba crece fertil y el búfalo corretea en manadas libres como el viento (como diría Zapatero).
Que la diñaron, vamos.
Se dió la circunstancia de que todos aquellos precursores del suicidio colectivo contaban con la mágica edad de 27 años. Y digo mágica porque yo hace ya dos años que la doblé y también siento la nostalgia de haberme quedado en ella para la eternidad, aunque yo sin pasar por el -intuyo- doloroso trance de quedarme frito.
Seguramente por esa, digamos aprensión, ellos son leyenda y yo me limito a relatarlo… pero que me quiten lo bailao.

Vamo a vé: por eso y por su genialidad, que yo solo aprendí a tocar la armónica.
Yo, por aquel entonces era chinorris, pero era fan de casi todos ellos -menos de los Doors, que me parecían y me siguen pareciendo un soberbio coñazo- y la verdad es que no los llegué a echar mucho de menos porque pronto hubo otros LP’s y otros músicos que cubrieron sus vacios en mi veleta corazón de adolescente.

Tras años de quedar desierta la oposición, el citado Cobain se sumó al selecto club -y tampoco guardé luto- hasta que… finalmente, la dulce Amy detuvo la rodada de su penique en un vaso de tubo justamente en la edad de las leyendas.
¡Ella si me rompió el corazón!, porque uno se ha hecho mayor y ha aprendido a identificar a esos artistas que nacen para morir irrepetibles.
Aún, a veces, en las noches frias salgo a buscarla entre la basura del callejón.

Y regreso a casa de madrugada, triste y frustrado, apretándome a solateras la botella de Stolichnaya que compré para enamorarla.

LARREA   OCT/2018

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