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EL TOCATA: SINIESTRO TOTAL

 

Le llamaban “el Puta”. Si tenía otro nombre nunca lo oí, ni tampoco oí a nadie llamarle de otra manera.

El Puta sobrevivía, vivía con su madre, trapicheando con chocolate en el barrio gótico de Barcelona. Ayudaba a recoger y limpiar en el bar de al lado de su casa, donde tenía instalada su “oficina”, en el que hacían ojos ciegos a sus bisnes. Cada cliente del Puta era una consumición en la barra. Era la primera regla para acceder a su mesa al final del local desde donde podia controlar la puerta de entrada y la del almacén.

Conocí al Puta en una de aquellas lecheras marrones de la policía. A Paco Esquerdo y a mí nos habían cogido al salir del metro cuando con otros camaradas nos dirigiamos a reventar una manifestación de rojos. Lo primero que me llamo la atención del personaje fueron su bigote a lo Village People y su larga melena. Otro hippie de los cojones que se quedó colgado en Ibiza, Sitges o Amsterdam, pensamos Paco y yo sólo con mirarnos. Aún estábamos encendidos por tener que habernos desecho de mala manera de los hierros, cuando el Puta, con la naturalidad que sólo da la costumbre o la confianza, o las dos cosas, sacó un paquete de Camel del bolsillo de la camiseta de los Rolling Stones y nos ofreció a todos un cigarrillo, maderos incluidos. ¿Fumar en una lechera de Martín Villa? Faltaría más.

Entre calada y calada empezamos a hablar. Se sonreía, el muy puta, de nuestro ardor patriota y juventud pero sobre todo de nuestros caretos de pipiolos. Miraba a través de las enrejadas mini ventanillas y protestaba del tráfico. “Jefe, que aquí algunos curramos ¿eh?” a ver si vamos a estar todo el día” le soltó al que conducía. Nosotros ya veíamos caer sobre nuestras cabezas una somanta antológica de ostias por la gracia de la Santa Kunda, cuando el chófer miró para detrás y riéndose le contestó “Puta ¿qué pasa con el televisor para mi hija?” “Pues lo mismo que con su mujer, mi general, esperándoles en mi casa”. Nos reímos todos, nosotros más por nervios que por otra cosa.

Nos bajaron a todos en Vía Layetana y nos pusieron en fila para tomarnos los datos. A Paco le metieron con otros en una celda hasta que vinieron sus padres. Yo no llegué ni a la cola, el madero que miró mi dni se percató de dónde había nacido y el poco tiempo transcurrido desde entonces y en un gesto que le agradeceré toda la vida, me lo devolvió y me sacó por otra puerta. “Es duro estar lejos de casa, anda, no des más disgustos a tus padres y que no vuelva a verte por aquí…¡y estudia!”. Era la primera vez que entendí aquello de “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid…”

En la calle saqué mis Ducados y me encendí un piti. Joder, Paco y sus padres…. de esta acabamos en un internado. Levanté la cabeza echando lentamente el humo y allí estaban él y su sonrisilla “¿qué, te han dado bola? El muy puta estaba con un quinto en una mano y un canuto en la otra en agradable charla con tres maderos. Se despidieron y se vino hacia mí. “¿Fumas? No, claro… ¿una birra?” “Eso sí” Le dije, sonriendo por primera vez en todo el día.

El Puta y yo nos cogimos cariño a pesar de nuestras diferencias… o quizás gracias a ellas. Después de lo de Layetana seguimos viéndonos. Hablaba de la vida como si fuera una mujer que le había traicionado. Tenía mucho de irresistible el Puta. Me encantaba oirle hablar con mis 13 años de la vida, esa puta desagradecida. El cabrón pensaba que se las sabía -casi- todas. Sólo se despistó con el caballo y las jeringuillas. Fue por una mujer, se lamentaba. En su vida todo era por las mujeres.

Hoy, casualmente, me he enterado de su muerte hace unos años, casi tantos como los que hace que ni me arrimo a Barcelona.

Puta, cabrón, con vino de Burgos voy a celebrar tu vida hoy. La tuya y la de aquella que te hizo ser como eras: el Bukowski del gótico de Barcelona.

¡Salud, cabrón!

A.MARTÍN

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