UN DÍA DE FURIA

“Se ha roto usted el hueso, hay que operar”
La Mutua me remite al especialista, donde el doctor Washington Tabares observa mis radiografías con gran atención.
El pasado año y según los datos que publica una revista médica, se cerró con 6.000 enfermeras y 1.500 médicos españoles en paro.
No son malas cifras comparándolas con las generales del desempleo, pero lo cierto es que mientras millar y medio de especialistas españoles están sin curro, en mi Mutua Laboral mi osamenta queda en manos de un señor que hizo el MIR diseccionando cabras.
“Déjelo, me operaré por la Seguridad Social”.
“Tardarán seis meses, ¿sabe?”.
Sí, esa es la segunda parte del chiste, si acudes a Urgencias te transportas a un hospital de campaña de la ONU. Los Ambulatorios no están mejor. La sanidad española es el coño de la Bernarda… pero la paga Bernardo. Que somos nosotros.

Menos chinos, en Urgencias puedes hacer un compendio de las razas humanas sin moverte de la sala de espera.
Hay moras de los variados paises de la morería, todas acompañadas de sendos maromos que ofician de vigilantes de la moral conyugal: ahí no mete la mano un médico varón ni aunque fuera el doctor House. Esto no facilita las cosas de las colas. Negros y negras embarazadas (ellas) con media docena de crios; sudamericanas que “se han caido” por la escalera y sudamericanos “tomados” que dormitan; albanesas con diente de oro que tosen mientras empalman un cigarrillo con otro…
La ONU, oiga.
¿Y los chinos?, pues se conoce que de la misma manera que no se mueren (¿alguien ha visto enterrar a un chino?), no se enferman. Son de hierro los tíos.

Salgo con un volante ambulatorio para un preoperatorio cuya fecha no vaticina ni Nostradamus, y me siento a que me pegue el aire mientras tomo un helado para endulzar las amarguras.
“Un helado de fresa, por favor”.
“No tenemos” me dice la chinita de edad indefinida (¡vaya, con que estábais aquí!).
“¿Ah no, y de qué coño tenéis?”
“Sí, de eso sí. Tenemos helados con sabor a mango, a lichi, a carne de perro, a cuscus, a tortilla francesa de dos huevos, a cannabis y a zarpa (pero este no se lo recomiendo porque le veo muy alterado) y por supuesto, a coño”.
“Déjelo, no sea que acabe en urgencias. Otra vez”.

Me alejo tomando una apacible vereda de los Jardines de Viveros y me topo con el flamante cartel, novedoso, del alcalde Ribó: “Paseo de Guillem Agulló”.
¿Y éste qué escribió, a quién pintó, qué monumento levantó, a qué invasor combatió?.
Nada de eso.
El tal Guillem era un catalanista que un día portaba acompañado de unos colegas una pancarta con la leyenda “mata un nazi” y se acabó encontrando con alguien que discrepaba. Hubiera sido más acertado rotular, “Paseo del menos rápido”.

Saliendo de los jardines tropiezo con grupos de “chicos y chicos” y “chicas y chicas” adolescentes españoles, felices con su estrenada sexualidad de cavidades múltiples y ajenos completamente a lo que pasa a su alrededor.
Cuando quieran abrir los ojos, será tarde.
Regreso a casa con -además del hueso- el corazón roto… ¡debería haber pedido el helado de coño!.

LARREA    AB/2018

 

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