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UN GENOCIDA: COMPANYS

Aunque la web ‘Libertad Digital’ peca de un anti-catalanismo bastante cutre en general, otra cosa es que revela datos que son ciertos y que se ocultan siempre. La lástima es que no desvela los datos también ocultos del centralismo franquista y de otros desmanes de la derecha fachosa.
Pero en una reciente página desvela algunos datos reales sobre Lluis Companys, que deberían ser conocidos, y que nadie (ni los separatistas ni los políticos actuales centralistas de Madrid) desvelan, lo que no deja de ser curioso cuando se trata de las bandas del PP y Ciudadanos, que también guardan mucho silencio cuando se tata de crímenes de la parte ‘republicana’, incluso si es la republicana-separatista.
Esto no deja de ser alucinante, porque Companys fue un golpista separatista de verdad, no solo de organizar una ‘votación’, sino de dar un verdadero golpe de Estado separatista armado que requirió la intervención del ejército (poca, eso sí).
Y, sin embargo, los centralistas lo aclaman, le permiten alabanzas, calles o edificios y no protestan contra eso, ni nunca contra Companys.
Quizás porque Companys fue un genocida muchas veces contra religiosos, lo que está bien visto por los masones.
Nunca se habla de los crímenes genocidas (por motivos religiosos, pero no solo por ello) cometidos por el gobierno de Companys. Resumamos un poco el texto sobre este tema:

Las ‘listas negras’ de catalanes hechas por Companys
¿Es que estos asesinados, en su mayoría catalanes, no merecen justicia por parte de la actual Generalidad y del Gobierno español?, ¿es que la ‘memoria histórica’ solo se aplica a unas víctimas, las de color rojo?
Siempre dicen que los crímenes los cometieron ‘bandas de incontrolados’, pero esas bandas no eran tan anónimas.
Eran de la CNT, de la FAI, de UGT (PSOE) y del Partido comunista, todos ellos formando parte del gobierno de Companys.
El gobierno de la Generalitat estaba formado por varios partidos, que eran los que ordenaban, prepararon ya de antes de la guerra y ejecutaron los asesinatos masivos a partir de 1936.
Estos asesinatos fueron de unos 10.000 catalanes, crímenes perfectamente conocidos y muchas veces firmados por Companys, además de quemar y expoliar iglesias y domicilios, montar checas de tortura totalmente conocidas también.
Mientras las fuerzas de la república y sus ‘milicias’ fueron un desastre total en la guerra, en cambio sus ‘valientes’ asesinos de la retaguardia’ torturaron y mataron a destajo.
Luego si fueron juzgados y fusilados por los franquistas se les presenta como ‘mártires’. Porque el franquismo asesinó a muchos inocentes, pero también castigó a muchos de los genocidas republicanos que habían cometido antes todo tipo de crímenes. Nunca cuando se descubre una víctima del franquismo se investiga si esa persona merecía perfectamente ser ejecutado por lo que había hecho antes.
Lo más interesante es que ya de antes de la guerra los grupos de izquierda y de Companys habían preparado listas de personas a asesinar.
Las matanzas de ciudadanos indefensos no habrían sido posibles de no haber dispuesto las ‘patrullas del amanecer’ de listas en las que se identificaban a los ‘enemigos de clase’, con sus nombres y domicilios.
Las izquierdas ocuparon parte de su tiempo en los años republicanos en preparar a sus masas para la conquista del poder y para elaborar ‘listas negras’.
El anarquista Juan García Oliver, futuro ministro de Justicia, desvela en sus memorias que su partido había montado un Comité de Defensa Confederal desde el mismo nacimiento de la República, con sus milicianos, sus planes y sus armas. La irrupción de manifestantes socialistas y comunistas en varias ciudades y pueblos la misma tarde de la primera vuelta de las elecciones de febrero de 1936 proclamando una victoria imposible de conocer entonces confirma la preparación de esas ‘tropas de choque’
En sus memorias robadas y luego recuperadas, Niceto Alcalá Zamora escribió después de las elecciones de 1936 que el PSOE había elaborado ‘listas negras’ de policías y militares que habían participado en la represión del golpe de Estado que el partido había dado en octubre de 1934.
El presidente de la Generalidad, Lluís Companys, proclamó el 6 de octubre la república catalana dentro de la España federal. Su rebelión fue aplastada con unos pocos cañonazos por el Ejército, que provocaron la desbandada por las alcantarillas de los cobardes separatistas.
El corresponsal del diario El Debate en Barcelona, Enrique de Angulo, escribió (Diez horas de Estat Català) que, entre los documentos descubiertos a los golpistas, había una ‘lista negra’ elaborada por el ‘Capità Collons’, de nombre Miquel Badía, y de oficio, jefe de la Comisaría de Orden Público de la Generalidad, uno de los hombres de confianza de Companys.
“Es de suponer que todo ello (planes, documentos, mapas) fue reducido a cenizas en la hoguera que se hizo para destruir papeles y documentos. Quedó, sin embargo, la lista negra (sic), firmada por Miguel Badía, y en la que constaban los nombres de quienes debían ser fusilados al día siguiente de triunfar la revuelta, allí donde se les encontrase, sin formación de causa y «haciéndoles sufrir un poco». Nombres de militantes de la Lliga, de radicales, de personalidades destacadas de Barcelona y de unos pocos periodistas, de elementos de la FAI… Figuraban, incluso, en la lista negra algunos afiliados a la Esquerra, poco afectos al Estat Català.”
Como añade Cambó, que sabía de lo que hablaba, por la información que le pasaban los miembros de la Lliga, “Si en la madrugada del 7 de octubre la radio no hubiera anunciado por toda Cataluña la capitulación de la Generalidad, no hay duda ninguna de que aquel mismo día 7 se habría producido en toda Cataluña una San Bartolomé de derechistas y de sacerdotes probablemente más salvaje aún, más sanguinaria todavía que la de julio del año 36.”
8.400 penas de muerte firmadas por Companys: Uno de los catalanes que temía por su vida era Josep Pla, que en abril de 1936 huyó de Madrid, donde trabajaba como corresponsal periodístico de La Veu de Catalunya, para refugiarse en su pueblo y después, tal era el peligro que sentía, marchó a Francia.
Otro de los que aparecía en todas las ‘listas negras’, escritas o mentales, era Cambó. Nunca ha quedado claro por qué Cambó abandonó España en su yate Catalonia unos días antes del asesinato de José Calvo Sotelo y del alzamiento. ¿Estaba enterado de la conspiración o simplemente tenía miedo?
Luego, desde el exilio animaba a sus correligionarios de la Lliga a alistarse a las órdenes de los militares sublevados y a enviar dinero a éstos. Con su fortuna organizó un servicio de propaganda favorable a los nacionales y otro de espionaje y hasta una red de evasión de catalanes que recurría a los sobornos para los matones anarquistas.
Companys (“loco de atar”, en opinión de Manuel Azaña) durante los dos años y medio que duró la guerra encontró tiempo para firmar penas de muerte para los ‘sospechosos habituales’, unos 8.400 según los cálculos de Javier Barraycoa. Uno de ellos fue el alcalde de Lérida, Joan Rovira Roure, condenado y ejecutado en agosto de 1936 por el crimen de haber organizado la Cabalgata de Reyes de ese año.
¿Es que estos asesinados, en su mayoría catalanes, no merecen justicia por parte de la actual Generalidad y del Gobierno español?, ¿es que la ‘memoria histórica’ solo se aplica a unas víctimas, las de color rojo?

Catalanes contra Companys
También es curioso el texto con los datos de muchos de los que participaron en el juicio contra Companys, que se presenta siempre como de castellanos contra un catalán, y no fue así.
Los tres principales testigos de cargo que depusieron testimonios acusatorios contra Companys fueron tres catalanes de indubitada cepa.
Como cada año por estas fechas, la Generalitat aprovecha otro aniversario del fusilamiento de Lluís Companys en el patio del castillo de Montjuich para culpabilizar al Estado español de aquella muerte trágica.
De ahí que, a efectos de hacer la relación convincente de entrada, en el juicio y posterior ejecución de Companys no deberían aparecer en escena, y bajo ningún concepto, nombres o apellidos catalanes. Puesto que el guión exige de modo insoslayable que no podía haber franquistas ni falangistas catalanes, hubo que hacer desaparecer de la memoria oficial cualquier rastro de comprometedora catalanidad genuina en el martirologio mítico del ‘president’.
A Companys solo podían haberlo matado los fascistas españoles residentes en Cataluña, en ningún caso catalán legítimo alguno. Pero como en España no hay mejor manera de conservar un secreto que publicarlo en un libro, a Jordi Pujol no se le ocurrió mejor idea en 1999 que editar con cargo a la Generalitat una reproducción facsímil con todas las actas mecanográficas de la causa 23.468 contra el reo Lluís Companys i Jover, la que tuvo lugar en el castillo de Montjuich entre los días 3 y 15 de octubre de 1940.
Así, gracias a Pujol, cualquiera puede constatar con solo ojear ese documento que, de entrada, los tres principales testigos de cargo que depusieron testimonios acusatorios contra Companys fueron tres catalanes de indubitada cepa. Y no tres catalanes del montón, por cierto. Porque, azares del destino, resulta que el primero de ellos respondía por José Tapies Mestres, por más señas el padre del célebre pintor Tàpies, uno de cuyos lienzos abstractos preside, para más inri, la sala oficial en la que se reúne el Gobierno de la Generalitat de Cataluña.
Pero es que otro de los acusadores más significados en el proceso de Companys resultó ser cierto Carlos Trías Bertrán, jefe provincial accidental del Movimiento en la provincia de Barcelona, según aclaran las actas del juicio, y tío de Xavier Trías, el último alcalde convergente de Barcelona.
Por su parte, el tercero de los testigos de la acusación privada respondía por Joaquim Maria Balcells i Serch, lo que tampoco nos parece remitir a una genealogía precisamente madrileña.
Sin ir más lejos, el abogado defensor de Companys, el teniente de artillería Ramón de Colubí, también era catalán por los cuatro costados.
Tan catalán por todos los costados posibles como el propio juez instructor de la causa, el general Ramón de Puig. O como el acusador oficial, el fiscal jurídico militar Salvador Rodríguez i Molins. O como el general de brigada Pompeyo Masferrer, que ejerció de vocal en el consejo de guerra.
Nombres y apellidos que la historiografía oficial catalana se ha encargado de hacer desaparecer con la misma técnica que utilizaban los funcionarios de Stalin para hacer invisible a Trotsky en todas las fotografías de los archivos de la revolución de octubre.
Por otro lado imaginamos que si la República hubiera capturado a un gobernador franquista, lo hubieran asesinado con aun menos garantías que las que tuvo Companys.
De la misma forma que denunciamos estos datos del falso ‘demócrata pacífico y honorable’ Companys, deberian tambien destacarse los datos de la represión franquista contra el catalanismo moderado y su lengua. El centralismo brutal que ejerció.
Y es que la Verdad no tiene partido, y por ello no gusta a unos u a otros. Solo a los que deseamos una sola revolución: la de la Verdad.

BAU

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