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Voy a contaros una historia real. Los protagonistas existen, son de carne y hueso, y todo lo que voy a narrar ha ocurrido tal y como vais a leer. Eso sí, no lo busquéis en la prensa, ni en ningún telediario. Ni siquiera vais a encontrar una diminuta reseña en Internet, ya os lo digo. Este tipo de sucesos nunca trascienden, al menos contados tal cuál fueron. Si los medios publican cosas de éstas, la historia suele sufrir drásticas modificaciones, por aquello de no crear mal ambiente, ya se sabe.

Nuestra “anécdota” tuvo lugar hace poco, en la puerta de una base militar de la OTAN. Allí se encontraban charlando cinco militares españoles y la mujer de uno de ellos, con su bebé en brazos.
En esto están, cuando, repentinamente, se abre paso en aquel corrillo un individuo en una moto, que comienza a gritar en francés a los españoles: “DONNE-MOI MANGER!!, DONNE-MOI MANGER!!”

Uno de los militares, que habla gabacho, le ha entendido perfectamente (¡¡DADME DE COMER!!, exige, el notas). El español, ante la actitud prepotente y maleducada del energúmeno, se limita a indicarle que se marche de allí. El chillón es, como dicen en la tele, “de origen argelino”, y las fuerzas de seguridad tienen instrucciones muy concretas acerca del trato… ¿cómo lo diría yo?… ¿servil? con que nuestros soldados han de agasajar a todo el que no sea del mismo color que nosotros.

El desconocido parece largarse, por lo que nuestros compatriotas continúan a lo suyo. Pero, tras aparcar su moto a pocos metros, el individuo vuelve y, ni corto ni perezoso, trata de arrebatar el bebé de brazos de su madre.
Obviamente, los soldados reaccionan inmediatamente, y en seguida inmovilizan al personaje.
En ese momento, acuden los miembros de seguridad de la base. Allí la seguridad la lleva una empresa privada, tipo “Prosegur”, solo que la gran mayoría de sus trabajadores son “de origen subsahariano”, como dicen en la tele (con lo fácil que es decir “negros”, Señor…).
Los negritos habían llamado a la policía en cuanto vieron empezar la jugada, aunque… ¡qué cosas!, habían dado aviso de que cinco militares estaban apaleando a un ciudadano francés. Toma ya.

Las consecuencias de este episodio están por llegar. Ni que decir tiene que los españoles tendrán que rendir cuentas ante sus mandos, faltaría más. Si hay suerte y el morube no quiere liarla parda (si no le da por salir en la tele, contando cómo le han torturado salvajemente un grupo de soldados españoles), a lo mejor no se complica demasiado la cosa para nuestros compatriotas. Pero, en estos casos, nunca se sabe.

También voy mencionar, como detalle pintoresco, que para llegar hasta la base, nuestros soldados han de dar siempre un rodeo, ya que tienen terminantemente prohibido atravesar zonas habitadas por población “conflictiva” (léase moros)
Como estoy segura de que, a estas alturas del relato, más de un listillo estará pensando que todo lo que les pase a los “mercenarios de Sión”, les está bien empleado, (listillos que debe ser que no pagan impuestos a este sistema traidor, ni trabajan para empresas que tributen, ni consumen productos nacidos del capitalismo, y que critican muy agustito desde su madriguera, esperando la llegada del rayo verde), voy a señalar que yo parto de la base de que la OTAN es uno de los grilletes que someten a Europa, de que lo que Europa necesita es un ejército fuerte que proteja sus fronteras y una unión de naciones, no de mercados. Pero un soldado español es un soldado español, y, a no ser que entre nuestros lectores se encuentre algún héroe de guerra, el resto de los españolitos tampoco es que hayamos hecho grandes esfuerzos para sacar a Europa del pozo infecto en el que se está hundiendo.

Es un poco triste que tenga que andar con estas explicaciones, pero ya me conozco los argumentos de los geoestrategas, los revolucionarios de salón y otras criaturas insignificantes que pululan por la red. Desayuno unos cuantos de esos al día. Crudos.

En fin, que me desvío del tema, y al final se me olvida comentar que todo este asunto sucedió en una ciudad europea. Sí, sí, en la Vieja Europa. No ha sido en Afganistán, ni en Irak, ni en la Conchinchina. Estamos invadidos, vendidos y condenados. Y encima, nos dedicamos a disertar sobre cómo deben comportarse los grandes bloques geopolíticos, cuando no tenemos capacidad de decisión ni en las reuniones de nuestra comunidad de vecinos.

Y lo más curioso de todo, es que, al final, el puñetero moro consiguió que le dieran de comer. En el calabozo, sí, pero de gratis.

ANA PAVÓN

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