EL VOLGA NACE EN EUROPA. Curzio Malaparte

“Cuando en junio de 1941, al inicio de la guerra alemana contra la Rusia Soviética, comenzaron a aparecer en el Corriere della Sera mis noticias del frente ucraniano, suscitaron en el publico italiano un inmenso estupor. Casi un escándalo.
Ampliamente repetidas por la prensa inglesa, americana, suiza, escandinava, fueron acogidas por la opinión pública internacional como el único documento objetivo, el único testimonio imparcial que juzgaba los campos de batalla soviéticos. A muchísimos les parece aún, en Italia, que mis observaciones y mis consideraciones nacieron, no ya de un honesto y valiente propósito de decir la verdad, sino de una particular simpatía mía por la Rusia comunista, y por lo tanto de una parcial y arbitraria visión de los acontecimientos.

Del hecho que yo escribiese en absoluto contraste con todo aquello que se pensaba y escribía en aquellos días en los periódicos italianos, sobre la facilidad y brevedad de la guerra contra Rusia, y de que mis noticias fueran en abierta contradicción con las noticias de todos los otros enviados especiales del mismo Corriere della Sera, muchos lectores llegaron a la conclusión de que yo estuviese animado por un espíritu parcial, y numerosos fueron los que me denunciaron como «destructor», invocando a grandes voces mi inmediato retiro del frente ruso, así como mi arresto. Hoy todos están en posibilidad de darse cuenta de que yo veía claro y que mi atacada simpatía por la Rusia comunista, no era más que una inteligencia objetiva, como había declarado el mismo Togliatti cuando, el día de Pascua de 1944, vino a mi casa a felicitarme por aquellas noticias que mandé.

Pero la inteligencia objetiva era un delito en aquellos tiempos. En Septiembre de 1941, por órdenes de Goebbels, las autoridades militares alemanas me expulsaron del frente, no obstante las protestas del general Messe, comandante de las fuerzas expedicionarias italianas en Rusia. Aunque la censura fascista, tanto militar como política, había permitido a regañadientes la publicación de mis noticias, Mussolini primero me amenazó con regresarme a Lipari y después me tuvo en cuarentena por cuatro meses, hasta que en Enero de 1942, cuando los acontecimientos militares confirmaron la exactitud de mis juicios y mis previsiones, entonces ordenó que fuera nuevamente enviado al frente ruso. Esta vez, por temor a ser víctima de alguna represalia alemana, solicité y obtuve ser enviado a Finlandia, en donde Hitler no tenía ninguna autoridad. Y estuve en Finlandia dos años, hasta, el arresto de Mussolini. El 27 de julio de 1943 regresé a Italia a mi puesto de responsabilidad en la lucha contra los alemanes, lucha que ya juzgaba yo inevitable e inminente.

En los primeros meses de la guerra contra Rusia, yo era el único corresponsal de guerra (junto con Lino Pellegrini, a quien me llevé de compañero para tener un testigo de la verdad de lo que escribía), que se encontraba en la línea de fuego sobre el frente soviético. No había entonces ningún otro corresponsal italiano ni en Ucrania ni en ninguna otra parte del «frente ruso» desde Murmansk hasta el Mar Negro. Los mismos corresponsales ingleses y americanos, fueron prohibidos por las autoridades soviéticas de internarse en el frente, y se habían quedado en Moscú. Y lo que escribían denotaba el tono forzado, el modo episódico, el lenguaje incierto y la retórica de quien escribe por haberlo oído y no por directa experiencia. Para convencerse basta leer las noticias que el escritor norteamericano Erskine Caldwell, autor de Piccolo Campo y Vía del Tabacco , ha después recopilado en un volumen que tituló Moscow Under Fire (Hutchinson & Co., London-New York-Melbourne, 1942). Esto no lo digo por vanidad, sino para poner en relieve aquello que la prensa inglesa y americana afirmaba entonces, comparado con el único juicio objetivo de la guerra alemana contra Rusia, que era un juicio italiano, y que, a diferencia de los corresponsales ingleses y americanos, ciudadanos de naciones democráticas libres, yo no aceptaba la obligación de narrar ninguna cosa de la cual no tuviera experiencia directa, ni aceptaba hacer obra de propaganda en un sentido o en otro.

Aparte el hecho de que yo fuese, junto con Lino Pellegrini, el único corresponsal de guerra que se encontraba en la propia línea de fuego en el frente ruso, y fuese por lo tanto el único que podía ver como en realidad estaban las cosas, debo decir que mi antiguo conocimiento de la Rusia Soviética y sus problemas, me ayudaba muchísimo a juzgar la naturaleza de los acontecimientos y prevenir su inevitable evolución. Todo aquello que yo venía observando en el campo de batalla, no era otra cosa que la confirmación y prueba de aquello que yo había venido observando y escribiendo desde hacía veinte años, (La rivolta dei santi maledetti, 1921; Intelligenza di Lenin, 1930; Sodoma y Gomorra, 1931; Technique du coup d’etat, 1931; Le bonhomme Lénine, 1932; algunas páginas sueltas de la Ronda, 1921; y de Revoluzione libérale, 1922, y mi prefacio de Il volto del bolscevismo de Fülop-Miller, 1930).

En toda mi experiencia personal de las cosas rusas, me he rehusado siempre a juzgar a la Rusia comunista desde un punto llamémosle «burgués», porque es un punto de vista necesariamente no objetivo. «La objetividad no es el elemento fundamental de la inteligencia burguesa», escribía yo en 1930 en mi prefacio a Il volto del bolscevismo del Fülop-Miller (Bompiani-1930).

Y agregaba, que «la más segura defensa de la inteligencia burguesa del peligro del bolchevismo, debería consistir en la comprensión de los fenómenos revolucionarios de la edad moderna. La incomprensión de tales fenómenos era la señal más clara de la decadencia de la burguesía».”

 

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate