YO, ADOLF EICHMANN

Después de la derrota de Alemania en 1945, Eichmann fue capturado por las fuerzas estadounidenses, pero logró escapar del campo de detención, moviéndose alrededor de Alemania, para evitar su recaptura. Se escondió en una pequeña villa en la Baja Sajonia donde vivió hasta 1950, cuando huyó a la Argentina usando identificación falsa. Eichmann huye a Argentina con un pasaporte entregado por la delegación de Génova del Comité Internacional de la Cruz Roja el 1 de junio de 1950, que le reconoce llamarse Ricardo Klement, natural del Tirol del Sur, Italia.

Con este pasaporte recibe el permiso de inmigración otorgado por el Consulado General de la República Argentina en Génova. Bajo la falsa identidad de “Ricardo Klement” vive en Buenos Aires una vida absolutamente normal con su familia.

Sin embargo, en 1957 es descubierto por los servicios secretos de Israel (el Mossad), quienes tardan dos años en determinar su identidad. Eichmann trabajaba como mecánico en una fábrica.

El 1 de mayo de 1960 un grupo de “Nokmin” (Vengadores) del espionaje israelí ingresan a Buenos Aires e inician la “Operación Garibaldi” (bautizada así por el nombre de la calle donde vivía Eichmann). Este equipo dirigido por el asesino Rafael Eitan y coordinado por Peter Malkin, “especialista en secuestros”, inicia una vigilancia durante casi dos semanas, el 11 de mayo de 1960 lo secuestran en plena calle cuando Eichmann llega del trabajo y es enviado a Israel siete días más tarde. Allí se le somete a un polémico y largo juicio al término del cual se le condena a morir en la horca, sentencia que se cumple, unos minutos después de la medianoche, el 1 de junio de 1962 de madrugada.

Sus últimas palabras fueron: “Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los voy a olvidar. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo.”

Esta es su autobiografía, escrita con absoluta libertad en 1959 en Argentina recopilada por el doctor Rudolph Aschenauer.

ALFRED HORN

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